La Cronista del Bosque

La Cronista del Bosque


Un reportaje sobre la defensa del monte de Zacacuautla, Hidalgo, donde los versos de una mujer de 73 años se convirtieron en trinchera contra la devastación

En la Sierra Otomí-Tepehua del estado de Hidalgo, la defensa del bosque de Zacacuautla no empezó con abogados ni con amparos. Empezó con tres mujeres, hectáreas arrasadas y una mujer que tomó un trozo de periódico para escribir en verso lo que sus ojos no podían dejar de ver. Benita Ibarra Canales tenía más de 70 años cuando convirtió los octosílabos en la única herramienta de denuncia que los taladores clandestinos no pudieron quitarle del todo, aunque lo intentaron cada sábado, arrancando sus letreros del arco de la iglesia.

Este reportaje es la crónica de esa lucha: la de una comunidad de aproximadamente 600 familias que desde el año 2000 resiste el despojo de 53 hectáreas de bosque mixto donde nace el manantial que les da agua. Y es también la historia de Filiberta Nevado Templos, ahijada de Benita, quien guarda los papelitos manuscritos que se convirtieron en el libro Zacacuautla, Rimas en Defensa del Bosque, y que hoy recita sus versos bajo los árboles de veinte metros que ella misma sembró.

Una defensa que se perdió. Una voz que no se apagó.


Por Kino Balu

Filiberta Nevado Templos | Foto:Cortesía de Ocotenco-Kuautlali

A orillas de la presa de Zacacuatla, donde los árboles alcanzan ya los veinte metros de altura, Filiberta Nevado Templos recuerda con una mezcla de orgullo y melancolía: “Todos estos árboles los sembramos el grupo del Ocotenco en 2009. Combinábamos la defensa con la siembra. Las mañanas las dedicábamos a plantar; de noche, a vigilar el monte.”

Esos árboles —pinos y encinos que hoy forman un bosque joven en la ribera de la presa de Zacacuatla— son el testimonio vivo de una batalla que comenzó en 2007 y que tuvo como cronista inesperada a Benita Ibarra Canales: una mujer nacida en la Ciudad de México en 1934, registrada en Honey, Puebla, que convirtió los versos octosílabos aprendidos leyendo a Sor Juana Inés de la Cruz y Gustavo Adolfo Bécquer en el arma más poderosa contra los taladores clandestinos.

La historia de Benita y su ahijada Filiberta es la historia de Zacacuautla, una comunidad de aproximadamente 600 familias enclavada en la Sierra Otomí-Tepehua del estado de Hidalgo, que desde el año 2000 libra una lucha desigual por preservar 53 hectáreas de bosque mixto donde nace el manantial que abastece de agua potable a toda la población.

Foto:Cortesía de Ocotenco-Kuautlali

Difícil Callar: Versos contra el hacha en Zacacuautla El Giro de la Rueda

Voz: Laura Quintero – Guion: Kino Balu – Entrevistada: Filiberta Nevado Templos.

Quién era Filiberta antes del monte

Para entender lo que ocurrió en 2007, hay que entender quién era Filiberta Nevado Templos antes de convertirse en defensora del bosque. Se fue de Zacacuautla a los 16 años. Vivió y trabajó en la Ciudad de México por más de treinta años. Cuando regresó, no llegó con planes de resistencia ni de denuncia: llegó con ganas de trabajar con mujeres.

“Mi proyecto era convivir con mujeres de acá, trabajar con mujeres. Había aprendido a trabajar de manera colectiva en la ciudad y formé un grupo de mujeres para intercambiar saberes: las que sabíamos bordar, enseñar a las que sabían tejer, y al revés, y hacer cosas y buscar un lugar de comercio justo.”

Organizó también talleres para niños. Con amigos de la Ciudad de México que apoyaban, montaron el primer espacio para dar talleres de artes plásticas y actividades lúdicas. Así estaban, dice, desde finales de 2005 hasta 2007.

“Cuando empieza la tala clandestina, de manera brutal, sin buscarlo ni quererlo, simplemente fui una de las que encontró unas cuatro hectáreas taladas a raíz, sin dejar un arbusto, un árbol semillero, o sea, nada.”

Lo que vino después no fue una decisión heroica sino una reacción. Vino corriendo a avisar a su madrina y a doña Gabi (hermana mayor de Benita), dos mujeres mayores que conocían bien la comunidad y que siempre estaban muy interesadas en sus cosas. Fueron a ver a los delegados. Buscaron a un joven líder del Barzón en Tulancingo, originario de Zacacuautla, que les dijo: “Es muy peligroso, son bandas organizadas y si ustedes se meten están arriesgando la vida. Piénsenle y si deciden que sí, yo les puedo dar contactos de periodistas.”

Así comenzó todo.

El Monte Elegido por el Huracán Humano

El primer verso del libro “Zacacuautla, Rimas en Defensa del Bosque” —editado por Buena Prensa, Fomento Cultural y Educativo A.C., y Fundación Loyola, con apoyo de Radio Huayacocotla— describe lo que ocurrió:

El monte fue elegido
por el huracán humano
atacó sin compasión
y lo dejó desolado
Los árboles centenarios
por él fueron derribados
cayeron los gigantes
por el suelo mutilados

Benita Ibarra Canales escribió estos versos en 2007, cuando tenía mas de 70 años y hacía más de cuatro décadas que no tomaba una pluma para otra cosa que no fuera llevar las cuentas del hogar o escribir listas del mercado. “Tuve que volver a escribir. Ya no sabía yo escribir”, confesó en el epílogo del libro, compilado por Filiberta.

El origen de esta crónica rimada es tan extraordinaria como la mujer que la escribió. En febrero de 2007, cuando Pedro Canales Templos y su hermana Margarita comenzaron la tala masiva del bosque —amparados en dos permisos de aprovechamiento forestal obtenidos en diciembre de 2006 mediante documentos que la comunidad considera apócrifos— Filiberta Nevado Templos descubrió aproximadamente cuatro hectáreas arrasadas “a raíz, sin dejar un arbusto, un árbol semillero, nada”.

“Fue brutal esa parte, como ver eso, como una guerra, todos tirados, muertos sobre el camino”, recuerda Filiberta. “Vine corriendo a dar la voz de alarma a mi madrina y a doña Gabi. Nos dijeron: ‘Vámonos a ver a los delegados’.”

La defensa comenzó con tres mujeres y un amigo

Para entender la lucha de Zacacuautla es necesario entender la geografía del despojo. El bosque en disputa son 53 hectáreas de bosque mixto —con 17 especies de pinos y más de 30 de encinos registradas en la Sierra Madre Oriental— donde se encuentra el manantial que abastece de agua potable a la comunidad.

El predio perteneció originalmente a la familia Gómez García, que lo había abandonado. El pueblo lo tomaba como bien propio. “Todos éramos libres de meter nuestros animales, de ir a pasear, de ir a juntar plantas, hongos, leña de la tirada”, recuerda Filiberta. “Los señores nunca vivieron aquí, pero si se requería un árbol para arreglar la iglesia o las escuelas, pues se les hablaba y decían: ‘Usen los tirados, cuídenlo parado’. Lo fuimos sintiendo como nuestro monte porque realmente nosotros lo gozamos por años.”

Pero en los años ochenta, Edmundo Canales Franco intentó apropiarse de los terrenos. El pueblo construyó un cárcamo en el manantial con autorización del dueño. Sin embargo, la familia Gómez García se desorganizó y fue sorprendida por los invasores, que en 2002 registraron el predio como propio con documentos apócrifos de 1939.

En 2003, el bosque fue donado a Pedro y Margarita Canales Templos. En 2005, Pedro Canales derribó cientos de árboles argumentando falsamente que estaban plagados. La comunidad denunció ante PROFEPA (Procuraduría Federal de Protección al Ambiente), que suspendió el permiso temporalmente. En diciembre de 2006, Pedro Canales obtuvo dos permisos de aprovechamiento forestal para talar durante diez años. En febrero de 2007 comenzó la tala.

Benita lo documentó en sus versos:

En el año dos mil siete
Pedro comenzó a talar
y cuando nos dimos cuenta
decidimos actuar.
Solo éramos tres mujeres
y acudimos a un amigo
para que nos ayudara
a enfrentar al enemigo.

Esas tres mujeres eran Benita Ibarra Canales, Filiberta Nevado Templos y doña Gabi. Con ellas comenzó todo.

Los Letreros que se Convirtieron en Libro

Libro Zacacuautla Rimas en Defensa del Bosque de Benita Ibarra Canales — portada
Libro Zacacuautla Rimas en Defensa del Bosque de Benita Ibarra Canales — portada

La comunidad de Zacacuautla es extensa pero dispersa. Las casas se distribuyen entre el centro y cuatro barrios alejados. Los domingos, durante la misa, era cuando la mayoría de los habitantes se reunían. Por eso, los defensores del bosque decidieron colocar avisos cada sábado en el arco de la entrada de la iglesia para que el domingo todos los leyeran.

“Están talando, así y así, son fulanos”, decían los primeros letreros. Pero los taladores —específicamente la familia Canales Templos, que vendía quesos en el centro— se encargaban de quitarlos. “Poníamos el aviso y en la mañana ya no estaban”, cuenta Filiberta.

Entonces Benita dijo: “Yo lo hago.”

Cuando le preguntaron por qué escribía en verso, respondió con la sencillez que la caracterizaba: “Pues porque se ve más bonito.”

“Mi madrina escribía manuscrito en las partecitas blancas del periódico que tenía para envolver”, recuerda Filiberta. “Alguien lo pasaba en cartulina con letra de molde. Hubo como diez letreros que se perdieron, pero en algún momento yo empecé a guardar los papelitos. Le decía a quien los pasaba en limpio: ‘Guárdame el papelito’. Los empecé a guardar sin saber para qué, sino porque me llamaban la atención.”

El grupo El Tacoso —Taller de Construcción del Socialismo— que apoyó la defensa desde la Ciudad de México, fue el primero en ver el potencial de esos versos. “Cuando ellos vinieron y vieron los letreros, dijeron: ‘Guárdenlos. Un día van a hacer un libro’”, relata Filiberta. “Mi madrina guardó silencio y cuando se fueron me dijo: ‘¿Qué libro ni qué nada? Tú y yo solo fuimos a la primaria, ¿qué vamos a hacer un libro? Tíralos’. Me dijo enojada. Está bien, madrina, pero no los tiré.”

Un buen día llegaron estos mismos compañeros y trajeron una computadora. “Era una cosa grandota con un monitor así grandote. Me enseñaron a usarla y entonces capturé lo que había, fui capturando y así ya quedaba guardado. Todo el que salía yo lo capturaba, pues era de cuatro renglones o de diez, así, chiquitos.”

Los compañeros del Tacoso le trajeron a Benita libretas de colores, libretas bonitas. La animaban: “Qué bonito que usted sigue escribiendo.” Entonces ella se sintió estimulada y empezó a escribir de todo: de los árboles, de las costumbres, de las fiestas, de las asambleas. “Especialmente de lo que pasaba en la defensa, pero solo de lo que ella veía”, aclara Filiberta. “Ella nunca fue a un recorrido de noche, tenía más de 70 años. Recorría de día hasta dos veces al monte a pesar de que es lejos.”

Lo que está plasmado en el libro es la lucha por el monte, pero desde su punto de vista. Todo es real, solo que faltan muchas otras cosas que Benita no vivió porque se daban de noche, de madrugada. “Vigilábamos de día y de noche por grupos”, dice Filiberta. “Entonces, pues así fue como empezó a formarse el libro.”

El libro incluye una conversación entre las dos que vale más que cualquier explicación sobre cómo se escribió ese conjunto de versos. Benita habla primero:

Benita: “En ese tiempo escribí con coraje, porque al ver el monte tan bonito y de repente lo veíamos que no había árboles, entonces todos estábamos enojados, todos hacíamos lo que se nos ocurría para parar la tala, eso es lo que nos hacía hacer muchas cosas, la impotencia de que no podíamos detener la tala. Entonces nos exponíamos mucho, porque nos íbamos ella y yo al monte y nos enfrentábamos con los talamontes porque no siempre toda la gente puede ayudar o acompañar.”
Filiberta toma la palabra: “Yo creo que mi madrina escribía al calor de los acontecimientos, con la emoción de los hechos, eso era su inspiración porque era un ambiente de todos los días, vivir a una gran velocidad, con una ansiedad y tensión enorme.”
Y Benita, seca y exacta: “Yo llegaba, ¡y a escribir!”

Pero había una condición que Benita nunca se saltó y que define la naturaleza de todo el libro. Filiberta lo explica: “Hay muchísimos acontecimientos que no están escritos, que ella no escribió porque decía ‘yo no puedo escribir si no lo vi’. Aunque llegáramos y le contáramos, ella decía: ‘Es que no lo vi, no se me ocurre cómo’.”

Esa frase es la poética entera de Benita Ibarra Canales: no testifica lo que no presenció. No porque le faltara imaginación, sino porque su escritura era un acto de rigor. Lo que no vio, no existe en el libro. Y lo que vio, está ahí sin adorno.

Al final del diálogo, Benita dice algo que es también un cierre: “Ahora ya estamos muy pasivos, muy quietos, entonces ya no he escrito, antes éramos más personas en defensa del bosque, pero en sí empezamos tres mujeres.”

El silencio de la escritura como medida de la derrota. Cuando ya no hay urgencia que la convoque, la pluma se detiene.

La Voz de una Mujer que No Se Callaba

Benita Ibarra Canales estudió solo hasta tercer grado de primaria en Zacacuautla, luego caminaba tres kilómetros hasta Honey para continuar su educación. Completó el sexto grado en la Ciudad de México, viviendo con familiares. Allí conoció a Flavio Muñoz Díaz, con quien se casó en 1958, ambos a los 23 años. Flavio falleció en 2002 a causa de diabetes. No tuvieron hijos.

El gusto por la lectura y la escritura le vino desde niña. En la primaria conoció la obra de Sor Juana Inés de la Cruz y aprendió a recitar. “Le gustaba leer a Gustavo Adolfo Bécquer”, recuerda Filiberta. “Pero nunca pensó en escribir. Con la defensa del bosque se vio en la necesidad de hacerlo.”

La influencia de Sor Juana y Bécquer es evidente en su métrica: versos de ocho sílabas donde el segundo renglón rima con el cuarto. Pero el lenguaje es llano, directo, con un sentido del humor particular que caracterizaba su personalidad.

Lourdes Raymundo Sabino, en el epílogo del libro, la describe así: “Su lenguaje llano y directo no se pretende poético, aunque lo sea de manera que se quiere ingenua. Recuentos así datan de la antigüedad prebíblica. Alrededor de 250 piezas dan nombres a las historias, fungen como comentario si bien nacieron para el comentario o la propaganda. Hilos que dan memoria, bitácora de querellas y amistades, retratos del bien y la belleza, paisaje de un edén desolado, registro de sustos y pequeñas valentías, de usos tradicionales y frutos de la tierra.”

Pero Benita no era solo una poeta del paisaje. Era una mujer que “no se quedaba callada jamás”, según Filiberta. “A ella no le gustaba la sumisión. Era muy claridosa. Aunque fuera yo o fuera otro compañero muy cercano, si a ella le parecía que actuábamos mal, en tu cara te decía y delante de todos: ‘Oye, esto que hiciste no está bien, por esto y por esto’. Y pues no quedaba más que callarnos.”

En el grupo Ocotenco había dos personas muy mayores: Benita, que tenía más de 70 años, y la madre de Filiberta, que tenía 95. “Lo que ellas dijeran, pues uno se quedaba callado”, recuerda Filiberta. “Fuera lo que fuera.”

La postura de Benita sobre los hombres tuvo su propia evolución dentro de la lucha. Al principio, después de que su padrino la abandonó por una mujer joven y se quedó totalmente sola, desarrolló una desconfianza explícita. “Un día dijo: ‘Cuando estemos tres o cuatro mujeres y un hombre, hay que pegarle’”, recuerda Filiberta. “Varios la criticaban por esa actitud tan en contra de los hombres.”

Pero la lucha la fue cambiando. Un día, cuando el grupo tuvo que salir a gestionar algo en la PROFEPA en la Ciudad de México, Benita se quedó sola a cargo del levantamiento de trozos abandonados por los taladores —madera ya cortada que la comunidad recogía para tener recursos para continuar la defensa. Tuvo que dirigir la operación sin los hombres.

“Cuando regresamos me dijeron: ‘No, ya no vuelvo a decir lo de los hombres. De ahora en adelante ya vi que somos complemento, porque ellos tienen la fuerza. Nosotros no podríamos nunca levantar los trozos’.” Hay un verso en el libro donde habla de ese complemento. La experiencia de un día de trabajo solo cambió años de convicción.

En el libro quedó plasmada su evolución. En un verso escribió:

No soy mujer de palabra
y me gusta criticar.
Prometí no más letreros
pero es difícil callar.

Había prometido dejar de escribir letreros críticos, pero la necesidad de denunciar pudo más. “Fue un placer para ella poder decirle a la gente lo que quería”, reflexiona Filiberta. “Fue también un placer dejar el testimonio para que los niños sepan lo que ocurrió en aquel tiempo.”

El Precio de la Defensa: Cárcel, Amenazas y Muerte

Monte de Zacacuautla afectado por tala clandestina — Sierra Otomí-Tepehua, Hidalgo
Monte de Zacacuautla afectado por tala clandestina — Sierra Otomí-Tepehua, Hidalgo | Foto:Cortesía de Ocotenco-Kuautlali

La historia de Zacacuautla está marcada por la violencia. El 21 de septiembre de 2004, Samuel Cruz Hernández —representante del barrio San Javier y “el más aguerrido defensor del monte”— fue asesinado a traición en la puerta de su rancho “El Suspiro”. Samuel vivía cerca del monte, una de las pocas casas en esa zona alejada. En su bicicleta o en su caballo avisaba cada vez que detectaba movimientos de los taladores, y entonces corría la gente del centro hacia allá para detenerlos. Lo mataron por eso.

La comunidad lo tomó como un muerto colectivo y lo veló en el auditorio de la comunidad. Es el único hombre que ha sido velado en colectivo. “Se toma la presidencia para exigir justicia. Promesas hubo, pero no hubo apoyo ni investigación”, recuerda Filiberta. El asesinato de Samuel quedó impune. Todo quedó como con miedo. Los taladores no hicieron nada, la gente tampoco, hasta 2007. Benita le dedicó estos versos:

Un veintiuno de septiembre,
lo tenemos muy presente,
el año fue dos mil cuatro
y lo recuerda su gente.
Mataron a Samuel Cruz
lo mataron a traición
una mañana en su casa
encontraron la ocasión.

Pero la violencia no terminó con Samuel. Entre 2007 y 2008, las y los defensores del bosque enfrentaron al menos tres averiguaciones previas en el Ministerio Público de Tulancingo. Los acusaban de amenazas, despojo, corte y robo de alambre de púas. “Las acusaciones incluían grupos de cinco o seis personas, en algunos casos hasta diecisiete compañeros. La idea era hostigarnos, asustarnos”, explica Filiberta.

En 2008, cinco personas fueron acusadas, incluyendo a Benita Ibarra Canales y Filiberta Nevado Templos. “Nos llevaron secuestrados a dos y los otros tres se quedaron. No lo sabíamos hasta que nos dieron la orden de aprehensión ya estando en camino al CERESO (Centro de Readaptación Social)”, relata Filiberta. “Cuando vemos la orden de aprehensión, vemos que somos cinco.”

Lo primero que tuvieron que hacer con la única llamada permitida fue avisar a los otros tres —entre ellos Benita— que tuvieran cuidado. La gente de la comunidad obligó al presidente municipal a pagar las fianzas de 25,000 pesos por cada uno de los dos detenidos. Benita, con su propio dinero, pudo pagar su fianza en noviembre de 2008. Los otros dos compañeros, que tenían hijos pequeños, tuvieron que vivir “a salto de mata” —hoy en una casa, luego en otra— hasta febrero de 2009, cuando se consiguió el dinero para sus fianzas. “Teníamos miedo”, dice Filiberta sin rodeos.

“A partir de ahí firmamos por un año y llevamos el juicio en libertad”, recuerda. En 2008, los defensores lograron que se les declarara inocentes en todas las demandas.

Ese mismo año, los taladores regresaron con un grupo de matones conocidos como “Los Negros”, que disparaban para alejar a los defensores. En febrero de 2008, la comunidad se constituyó como Cooperativa “El Ocotenco” para continuar la lucha de manera organizada.

Filiberta ha enfrentado amenazas de muerte explícitas. En octubre de 2020, reportó que un individuo vinculado a los taladores le advirtió: “Si algo me pasa, te mato”, tras enterarse de denuncias penales por ecocidio.

Radio Huaya: la madrugada que llegaron sin documentos

En medio de la lucha, uno de los apoyos que marcaría la diferencia fue Radio Huayacocotla, La Voz Campesina. Pero llegar a ella no fue fácil.

“Cuando nosotros empezamos a escuchar Radio Huaya, veíamos que tocaban temas de tipo social, que se interesaban por los problemas de las comunidades. Entonces, hay que ir, pero ¿dónde queda Huaya?”

Un buen día se organizaron y fueron una madrugada, para llegar antes de las siete, cuando empezaba la programación. Se presentaron, explicaron el problema. Les preguntaron si traían algún documento que corroborara lo que decían. No traían nada. “Bueno, pues nos gustaría que trajeran un documento porque no podemos sacar al aire algo que no sabemos.” Se regresaron decepcionados.

Reunieron los documentos —tenían de todo— y volvieron, tal vez dos semanas después. “Ya este presentamos todo, ya hasta el café nos invitaron, nos pasaron a la cabina, nos permitieron hablar lo que quisimos decir de manera directa y a partir de ahí nos vienen acompañando hasta el día de hoy.”

La radio también sirvió como herramienta específica de denuncia. Una de las dueñas —entre comillas, dice Filiberta— de quienes se habían adueñado del monte era maestra de primaria en Carboneras, cerca de Huayacocotla. “Cuando lo supimos, pues le avisamos a la radio y entonces todo se difundía allá para que la gente se enterara quién era la maestra.”

El padre Alfredo Zepeda fue parte fundamental para la edición del libro y para casi todas las presentaciones. “Siempre tiene la mejor actitud: ‘Lo vamos a presentar en tal lado. Ah, sí, sí. Lo voy a apuntar en mi agenda y yo voy’. Y ha estado en casi todas las presentaciones.”

“Nos sentíamos respaldados, acompañados, siempre nos sentimos así por la Radio Huaya”, dice Filiberta. “Nos daba mucho consuelo.”

Los Arbolitos de la CONAFOR

La presa de Zacacuatla la comparte con el pueblo de Santa Ana Tzacuala y la disfrutan, cada uno desde su lado. Fue construida para abastecer una planta hidroeléctrica en la parte baja, pero cuando se cerró la Compañía de Luz y Fuerza quedó sin actividad. La comunidad siempre le ha sembrado pescado y cada nueva administración municipal viene a sembrar algunos más.

La ribera donde hoy crecen los árboles de veinte metros no siempre fue así. En el año 2000, la comunidad decidió reforestar una parte, pero quedó una península vacía porque un señor del barrio decía que ese terreno era suyo. La gente más antigua no estaba de acuerdo: pertenecía a la presa.

Los 3,000 arbolitos llegaron de manera casi inesperada. Durante la defensa, el grupo Ocotenco molestaba constantemente a las instituciones —SEMARNAT (Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales), PROFEPA, CONAFOR (Comisión Nacional Forestal). “Un buen día llegó la CONAFOR y dijo: ‘Tomen 3,000 arbolitos, siémbrenlos, ya que defienden, pues siembren’.”

Los pusieron en apuros. Estaban casi al final de la temporada de lluvias. Llamaron a la CONAGUA (Comisión Nacional del Agua) y les permitió sembrar en la ribera de la península. “Y así que todos estos árboles que hoy miden alrededor de 20 metros los sembramos el grupo del Ocotenco. Muchos días y semanas estuvimos aquí metidos combinando la defensa con la siembra. La siembra la hacíamos en las mañanas, especialmente todo el domingo completo. Acá comíamos, acá todo.”

La defensa era más de noche, pero también había quien vigilara de día. En esa combinación —sembrar de mañana, vigilar de noche— vivieron años.

La Ofrenda a los Árboles Muertos

Manuscrito original de Benita Ibarra Canales — ofrenda de Día de Muertos en Zacacuautla, noviembre 2004
Manuscrito de Benita Ibarra Canales, noviembre 2004. Archivo comunitario de Zacacuautla.

Durante diez años, Filiberta y el grupo pusieron una ofrenda de Día de Muertos en el centro de la comunidad. No a personas. A los árboles muertos en la tala clandestina.

“Ya ves las típicas ofrendas del día dos, pero nosotros la dedicábamos a los árboles muertos. Poníamos tapete de aserrín y todo muy vistoso, o sea, todo en grande.”

En una de esas ofrendas, cuando Benita estaba muy enferma, su hija consiguió un grupito de músicos que preparó una obra de teatro pequeña, de unos veinte minutos, con música en vivo. Trajeron a Benita desde la ciudad —donde vivía, ya muy enferma, ya con diálisis— porque era Día de Muertos y quería estar.

Ahí estaba Benita, arropada, después de la cena, cuando la compañera con el clarinete propuso hacer cumbia. Alguien bajó del carro un güiro. Alguien sacó unas sonajas. Un tamborcito. Empezaron a pasarle el tamborcito a todos para ver si le daban el tono al clarinete. Nadie lo lograba.

Benita estaba sentadita, toda envuelta. Dijo: “A ver, pásamelo.”

Se lo pasaron. Y fue la única que le dio el tono.

“Entonces mi madrina tocando el tambor y toda la gente bailando. Ya ella bien enferma, pero era tan alegre.”

La Victoria Efímera

Foto:Cortesía de Ocotenco-Kuautlali

El punto más alto de la lucha llegó en septiembre de 2013, cuando se logró la suspensión definitiva de los dos permisos de aprovechamiento forestal que tenían Pedro y Margarita Canales Templos. “Creímos haberles ganado”, recuerda Filiberta con amargura. “Incluso hicimos comida, fiesta. Con pulque y todo.”

Benita escribió en 2013:

A Zacacuautla llegaron
camarógrafos muy hábiles
de Televisa D.F.
y reporteros amables.
A ver si da resultado,
entrevista y reportajes,
o si quedamos como antes,
atontados y hechos guajes.
La esperanza siempre está,
se nos seca y reverdece,
como Altamira y Delicias
que natura las protege.

Pero la esperanza fue breve. En 2014, se tumbaron ocho hectáreas más. Hacia finales de 2019 y principios de 2020, “los depredadores se lanzaron a cortar todo el bosque que pudieron con alarde de impunidad”, según relata la Red Mexicana de Afectados por la Minería en su denuncia de octubre de 2020.

Paralelamente, Pedro Canales Templos vendió 30 hectáreas a Jorge Reyes Trejo de Ixmiquilpan, quien a su vez las vendió a Modesto Lozano, notario público. Lozano comenzó a construir en el bosque sin cambio de uso de suelo y puso puertas de metal que los taladores clandestinos abren libremente.

En 2016 entró en la presidencia municipal de Acaxochitlán la única mujer presidenta que ha habido en ese municipio, Rocío Jaqueline Sosa Jiménez. “Era gente que conocíamos todos, gente que siempre había estado en la política, pero que parecía una persona de buenos sentimientos, comprometida con la sociedad”, recuerda Filiberta. No fue así. Su llegada fue, dice, como un permiso no dicho para que todos los taladores entraran. En el monte de 55 hectáreas uno podía encontrar grupos organizados de las bandas, solitarios que venían por un árbol, y también jóvenes que razonaron: si nadie dice nada, vamos. “Ya se convirtió en tierra de nadie y no pudimos parar eso. Es triste que la única mujer presidenta municipal haya dado pie a eso.”

En 2020, el problema tocó fondo. El manantial —que entregaba cuatro pulgadas de agua al centro del bosque— disminuyó drásticamente y afectó a toda la comunidad. La escasez se agudizó con la sequía de 2019. “Todas las reservas de agua de la región disminuyeron. El caso más ominoso es el de la laguna de Metztitlán, sobre la barranca del río Venados, que se secó totalmente por primera vez en la historia”, documenta el artículo “Talando a ras del suelo” de Hermann Bellinghausen, publicado en el libro.

Ese año, la cooperativa El Ocotenco reconoció esa derrota “cuando la tala dejó apenas la cuarta parte del monte de 55 hectáreas”. La comunidad se movilizó para presionar a las autoridades municipales y a la Guardia Nacional. Los depredadores se retiraron y dejaron el basural tirado.

“La gente se organizó por brigadas para hacer faenas día a día”, relata Filiberta. “Limpiaron de ramas el terreno, recogieron la leña tirada y los trozos de madera abandonados. Luego consiguieron pinos, oyameles y sabinos para reforestar, y despejaron los terrenos de aclareo para que se poblaran con semillas de los árboles padres, aprovechando la humedad del otoño.”

Pero el daño estaba hecho. Hasta 2022 se mantuvo la defensa de manera organizada. Después, solo quedaron algunos miembros del Ocotenco velando por la memoria.

El Nacimiento de un Libro

El camino hacia el libro definitivo tuvo tres etapas. La primera fue aquel pequeño librito que El Tacoso hizo en 2009 con una selección de versos: “Con muchos errores de ortografía y de dedo, pero aún así fue una primera muestra que vimos.” Lo vendían para sacar recursos para la defensa. “Yo siento que eso estimuló mucho a mi madrina. Cada vez escribía más y más.”

Filiberta y Benita fueron organizando el material juntas, por fechas, sin saber todavía qué harían con él. “Llegó el momento en que hicimos tantas amistades, tantos contactos con la defensa, se vino gente de tantos lados que conocimos gente de la universidad intercultural.” Una maestra los orientó hacia una antropóloga que vive en el Valle del Mezquital. Con el apoyo del padre Alfredo Zepeda de Radio Huayacocotla, lograron concretar la publicación.

Pero Benita estaba muy mal del riñón. “Creíamos que fallecería pronto y se hizo una primera edición de 15 libros. Ella estaba hospitalizada y entonces hablé con las personas, editaron 15 libros para que ella los conociera.”

Cuando Benita vio el libro por primera vez, dijo: “No me gusta.” Filiberta había elegido las fotos, pero Benita quería otra disposición. “Una que estaba dentro, la quiso afuera y la que estaba fuera la quiso adentro.” Y agregó: “Aparte el libro está chincolo.”

– “¿Por qué, madrina?”

– “Pues porque no tiene final. Lo voy a escribir.”

En cuanto pudo incorporarse de la cama, empezó a escribir de nuevo. Los 15 libros de aquella primera edición —que por ahí siguen algunos— no tienen final y son de otro color y tienen otras fotos. El libro definitivo sí tiene final. Un final, dice Filiberta, muy triste.

Cuando fue a una presentación y la gente empezó a formarse, Benita no entendía qué querían. Filiberta le explicó: querían que les pusiera algo en el libro, como una dedicatoria. “Pues yo no voy a saber eso.” “Así, madrina, usted les pregunta ‘¿Cómo te llamas?’ y pues le pone ‘para Petrita’ o así, o lo que usted sienta.” “Bueno.”

Lo hizo con una enorme fila. Y cuando pasó todo le dijo a Filiberta: “A partir de ahora yo te voy a acompañar si lo vas a volver a presentar. Pero yo quiero que ahí digas que yo ya me morí y tú eres la que va a dedicar el libro. Yo ya me morí. Yo ya no voy a hacer eso.”

Así fue. Benita Ibarra Canales falleció, pero antes pudo ver su libro finalizado y participar en presentaciones donde dedicaba ejemplares a los lectores.

El libro “Zacacuautla, Rimas en Defensa del Bosque” contiene alrededor de 250 piezas. Está organizado cronológicamente desde 2007 hasta el final que ella escribió en el hospital. Incluye también versos sobre las fiestas de la comunidad, recetas de cocina, acrósticos y dichos populares. Además de los versos de Benita, el libro incluye prólogos de Verónica Kugel y Alfredo Zepeda (“En Defensa del Bosque y la Vida”), Hermann Bellinghausen (“La Balada de los Bosques” y “Talando a Ras del Suelo”), la introducción del colectivo El Ocotenco, y el epílogo de Lourdes Raymundo Sabino (“Benita Ibarra Canales: Mi Contribución es Escribir”).

La Alegría Inquebrantable

A pesar de la dureza de la lucha, de la persecución, de las amenazas, Benita Ibarra Canales era una mujer profundamente alegre. “No tienes idea lo alegre que era”, dice Filiberta.

Le gustaba mucho cantar. En su juventud fue parte de un coro en Bellas Artes. Intentó aprender acordeón, no lo logró, pero tenía una voz bellísima y cantaba cada vez que se le aparecía la oportunidad. “A cada rato me decía: ‘Ay, cómo me gustaría que tuvieras unos amigos que tocaran la guitarra.’ Y no, nunca cayó nadie.”

Muchos años después, caminando, Filiberta conoció en sus clases de nahuatl a un maestro de bachillerato de Acaxochitlán, músico. Lo vio un día en Facebook con guitarra y le escribió: “¿Por qué no te vienes con la guitarra? Vamos a recibir a una amiga.” Llegó con su esposa, que también canta. Benita quedó encantada. Aunque él era joven y ella hablaba de música de los años cincuenta, él se la sabía seguir: “Dígame cómo va y se la acompaño.”

Empezaron como a las seis de la tarde. A las nueve, una compañera le dijo a Benita: “Cuando te canses te vamos a dejar.” Benita volteó a ver: “Cuando se cansen ustedes.” A las cuatro de la mañana dijo: “Ya los veo muy cansados, váyanme a dejar.” Todo ese tiempo, la que había cantado era ella, más que nadie.

En su velorio —porque Benita murió en la Ciudad de México y trajeron sus cenizas a Zacacuautla— Filiberta cumplió su última voluntad: “Yo quiero que en mi velorio tomen refino. Jueguen baraja, dominó, lo que quieran. No quiero un solo rezo ni quiero nada. Quiero que traigan guitarras, toquen y canten. Eso es lo que quiero.”

Se contrató un trío. Llegó un expolitico que había sido presidente municipal, amigo de Benita desde cuando ella fue presidenta del Comité del Agua. Tomás, el panadero del grupo, le extendió el libro: “¿No quiere leer un verso de los que escribió doña Beni?” “Ah, sí, ¿cómo no? ¿Cuál?” “El que usted quiera, al azar.”

El señor abrió el libro al azar y leyó uno en contra de los políticos. “Todos tuvimos que aguantar la risa porque era totalmente en contra de los políticos que nada más vienen a aprovecharse de cosas”, recuerda Filiberta. “Fue como su última travesura de mi madrina. A pesar de que era su amigo, así fue. Se puso rojo y todo, pero él lo leyó y se fue.”

No lo perdonó, dice Filiberta riéndose. Ni siquiera desde el libro.

El Legado y la Derrota

Casita de Cultura Zacacuatla | Foto:Cortesía de Ocotenco-Kuautlali

Hoy, en febrero de 2026, Filiberta Nevado Templos continúa su activismo en Zacacuautla. Pero admite la derrota. “Hay desesperanza en el sentido de que pues al final nos derrotaron los taladores en el 2020 con la pandemia y eso se agudizó todo y no hubo manera.”

También se diluyó el rescate del carnaval. En 2013, cuando creyeron haber ganado la suspensión de los permisos, algunos del grupo decidieron hacer otra cosa además de defender: rescatar el carnaval, una tradición cancelada desde los años cincuenta cuando un sacerdote dijo que el ruido del chicote asustaba a la Virgen. Consiguieron apoyo del programa Pacmyc (Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias) para investigar y recuperar lo que pudieran.

“Los mismos defensores, cada uno hicimos nuestra máscara, todo de cosas naturales. Decidimos adornarla con semillas, especialmente maíz. Y bailábamos los niños de las defensoras y los defensores.” Sostuvieron el carnaval desde 2013 hasta 2021, antes de la pandemia. Cuando intentaron retomarlo, fue como partir de cero. La comunidad, muy religiosa, nunca terminó de apoyarlo: para muchos es una adoración al diablo. “Hay que recordar que nuestros antepasados no conocían el concepto de diablo, pero la gente lo ve así, la mayoría.”

“Estuvimos todos esos años remando a contracorriente”, dice Filiberta. En 2026, por primera vez, ella no hizo una máscara. No quiso participar en nada. Los compañeros que la apoyan se hicieron cargo de todo. “A mí la tristeza me inundó porque es como ver cómo se diluye el trabajo de tantos años.”

Tal como termina el libro de Benita, Filiberta dice: “Estamos en ese punto. No somos nada. Pues no sabemos cuál será el futuro.”

Pero el libro sigue vivo. Cada presentación es “seguir gritando que ahí está la tala clandestina y que no hay autoridad que la pare y pues también seguir teniendo a mi madrina presente”.

Cuando le pedí que leyera un verso, eligió uno y lo recitó:

Por defender nuestros montes,
dicen somos inconscientes.
Todas las autoridades
nos ven como delincuentes.
No sabemos ya de quién
nos tenemos que cuidar.
Como somos peligrosos,
nos quieren encarcelar.
En este tiempo el ladrón
goza de su libertad
y personas honorables
no tienen tranquilidad.
Nuestro ánimo no decae,
los golpes no lo quebrantan,
seguiremos en lo mismo,
las esperanzas levantan.

Terminó de recitar y dijo: “Superalegre. No, no tienes idea lo alegre que era.”

La Necesidad de la Voz

Defensora del Bosque | Foto:Cortesía de Ocotenco-Kuautlali

Cuando le pregunté a Filiberta qué significó la escritura para Benita, respondió sin dudar: “Fue todo. Se convirtió en un placer para ella poder decirle a la gente lo que quería. Fue también un placer dejar el testimonio para que los niños sepan lo que ocurrió en aquel tiempo. Le quedaba claro que era un testimonio que al tiempo serviría para algo.”

Y agrega algo que el texto del libro no dice pero que Filiberta sabe desde adentro: el libro no es solo memoria. Es también un instrumento vigente. “El tener, donde nos presentamos con el libro, es seguir diciendo, seguir gritando que ahí está la clandestina y que no hay autoridad que la pare.”

La escritura fue para Benita una herramienta política, una forma de desahogarse, una manera de dejar memoria. Pero sobre todo fue la imposibilidad de callar.

No soy mujer de palabra y me gusta criticar. Prometí no más letreros, pero es difícil callar.

En el año de 2024 México, según datos de Global Witness, ocupó el tercer lugar mundial en peligrosidad para activistas ambientales, solo superado por Colombia y Guatemala.

Samuel Cruz Hernández fue asesinado en Zacacuautla el 21 de septiembre de 2004. Su muerte sigue impune. Filiberta ha recibido amenazas de muerte explícitas. El bosque fue devastado. Ninguna de las autoridades estatales o federales que recibieron las denuncias de la comunidad —desde PROFEPA hasta la Guardia Nacional— procesó a los responsables de la tala ni investigó el asesinato de Samuel.

Como escribió Hermann Bellinghausen en el prólogo:

“La enamorada defensa de los árboles y espejos de agua de Zacacuautla, la dura resistencia y las tragedias y derrotas de la vida, con sus fiestas y sus penas, sus burlas veras y una multitud de voces componen este libro singular donde hasta las paredes hablan.”

Hasta las paredes. Y hasta los versos de una mujer que prometió no escribir más letreros, pero que no pudo callar. Y la voz de su ahijada que los recita en la orilla de una presa, bajo a esos árboles de veinte metros que ella misma sembró, en un bosque que perdieron pero que sigue en pie, joven, como la pregunta que nadie ha respondido desde 2004.


  • Nota: Este reportaje se sustenta en la entrevista realizada por Kino Balu para El Giro de la Rueda a Filiberta Nevado Templos, en febrero de 2026, a la orilla de la presa de Zacacuautla, en Acaxochitlán, Hidalgo; en el libro Zacacuautla, Rimas en Defensa del Bosque, de Benita Ibarra Canales (El Ocotenco, octubre de 2018); en documentación de la Red Mexicana de Afectados por la Minería (octubre de 2020); en informes de Global Witness sobre personas defensoras ambientales en México; así como en material de archivo comunitario recopilado entre 2007 y 2022 en el contexto de la defensa del bosque.


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