El testimonio de Violeta Núñez desde el interior de la Flotilla Global Sumud: veinte centímetros de distancia de la tortura, más de 22 horas esposada, y una lista de cincuenta violencias escrita en una bolsa de avión.


Por Kino Balu

Violeta Núñez hizo el recuento en una bolsa para vomitar. No había más papel disponible. A bordo del avión que la alejaba de Israel, la académica mexicana trazó en ese soporte improvisado una lista de cincuenta violencias —divididas por etapa, por tipo, por cuerpo— mientras a sus espaldas una doctora hacía lo mismo en una servilleta. Nadie les había dado papel. Eso también es un dato: cuando lo que ocurrió no debía poder contarse, empezaron por no dar con qué.

Su testimonio, transmitido el 21 de mayo de 2026 en RompevientoTV a través del periodista Ernesto Ledesma, es el relato más detallado que se conoce hasta ahora sobre lo ocurrido al interior de la Flotilla Global Sumud tras su interceptación por fuerzas israelíes en aguas internacionales del Mediterráneo. No es el único. Pero es el que permite comprender —en su secuencia, en su lógica, en su escala deliberada— lo que los abogados de Adalah documentan como un patrón de violencia institucional: conductas reiteradas, actores identificados, lesiones verificables, cuerpos de 44 nacionalidades distintas con las mismas marcas.

El barco cárcel

Violeta fue la sexta persona en descender del buque cárcel, tras tres días de detención. Lo que vio en ese momento definió todo lo que vendría: junto a ella subieron a un hombre de la comunidad LGBTQ. Cuatro o cinco militares le arrancaron la ropa con tal fuerza que quedó completamente desnudo antes de ser llevado. Luego subieron a un hombre turco. Un soldado le preguntó: “¿te acuerdas de mí?”, y entre seis lo golpearon hasta destrozarlo. Violeta estaba a veinte centímetros.

“Lo destrozaron ahí entre seis militares”, relató. La golpiza fue de tal magnitud que a ella la sacaron a empujones para que no siguiera mirando. Lo que Adalah documenta como práctica —la violencia ejercida junto a otros detenidos como técnica de terror colectivo— tiene en ese relato su forma más concreta.

El puerto. El cuerpo

En el puerto de Ashdod, ya bajo custodia israelí, los activistas fueron desnudados dos veces: algunos de manera parcial, otros de manera total. Las esposas llegaron después. Primero bridas plásticas —los “cinchos”—, luego esposas de metal colocadas a la espalda. Permanecieron esposados más de 22 horas. Hay personas que salieron con las muñecas fracturadas. En otras, la circulación sanguínea se interrumpió durante horas.

Los abogados de Adalah, que lograron acceder a algunos detenidos antes de su traslado a la prisión de Ketziot —en el desierto del Néguev—, documentaron decenas de casos con posibles fracturas costales y dificultad respiratoria. Registraron el uso reiterado de pistolas Taser y balas de goma durante la interceptación. Al menos tres personas fueron hospitalizadas. El comunicado de la organización, fechado el 20 de mayo, detalla además que los guardias obligaron a los activistas a caminar completamente inclinados hacia adelante mientras les sujetaban la espalda con violencia, y a permanecer de rodillas dentro de las embarcaciones por períodos prolongados. A varias mujeres les arrancaron el hiyab.

La prisión y lo que no se pudo ver

El cuerpo diplomático no fue autorizado a acceder ni en el puerto ni en la cárcel. Violeta lo intentó por dos vías: pidió ver al cónsul mexicano en Israel. En respuesta, le arrojaron una bandera israelí. Cuando solicitó asistencia de los abogados de Adalah, los agentes dijeron no saber de qué hablaba. Sabían perfectamente. Volvieron a arrojarle la bandera.

Adalah denuncia en su comunicado que estas negativas constituyen violaciones documentadas de las garantías procesales reconocidas por el derecho internacional. La organización mantiene su exigencia de representación legal en todas las audiencias y reclama la liberación inmediata e incondicional de quienes considera detenidos ilegalmente.

El aeropuerto

La deportación no fue el final de la violencia. El 21 de mayo, cuando el cuerpo diplomático llegó finalmente al aeropuerto de Ramón, ubicado al sur de Israel para acompañar la salida, las fuerzas israelíes volvieron a golpear. Muchos activistas abordaron los vuelos con sangre. Las imágenes, dijo Violeta, fueron grabadas por varios presentes.

Al tú por tú: lo que significó la gresca

Violeta lo dijo con una puntualidad que ningún análisis político mejorará:

“Éramos puras mujeres, y pues prácticamente nos pusimos al tú por tú ahí en los golpes.”

La frase no es una declaración de heroísmo. Es un informe de situación. Y contiene, en su brevedad, una de las dimensiones más significativas de lo que ocurrió en el aeropuerto de Ramón.

Durante tres días, la violencia israelí contra las activistas de la flotilla tuvo una lógica específicamente dirigida al cuerpo femenino: les arrancaron el hiyab, las desnudaron, las acosaron sexualmente, las mantuvieron de rodillas. No fue brutalidad indiscriminada. Fue un programa de destitución: reducir a objetos a quienes habían actuado como sujetos políticos. La humillación no era el exceso de la operación; era su objetivo. Marcar, como diría Violeta, la flotilla entera a través de los cuerpos de quienes la integraban.

Por eso la gresca del aeropuerto no puede leerse solo como un episodio de violencia adicional. Es, también, el momento en que ese programa encontró su límite. La llegada del cuerpo diplomático no fue únicamente una garantía institucional: fue la condición material que abrió un espacio donde la respuesta se volvió posible. Y las mujeres lo tomaron. No con un comunicado, no con una declaración ante la prensa: con el único lenguaje que el Estado israelí había usado con ellas durante tres días. El cuerpo contra el cuerpo. La fuerza frente a la fuerza.

Que fueran mujeres —y que Violeta lo señale como dato relevante, importa. El Estado que las había sometido apostó, hasta el final, a que la asimetría sería permanente. Que saldrían dobladas, silenciadas, marcadas para siempre como las que fueron arrodilladas en Ashdod. Lo que ocurrió en Ramón es la evidencia de que esa apuesta falló. No porque las mujeres hayan ganado la pelea —salieron con sangre, igual que entraron—, sino porque recuperaron, en ese espacio estrecho y violento, algo que tres días de detención habían intentado confiscarles: la condición de interlocutoras, de presencias que responden, de sujetos que no se dejan reducir a la imagen que el ministro quiso difundir.

Hay una continuidad que vale nombrar: la misma Violeta que peleó en el aeropuerto es la que, horas después, en el avión, escribió las cincuenta violencias en una bolsa. El puño y el registro. La resistencia física y la memoria documentada. Ambos gestos son el mismo gesto: no dejar que lo que ocurrió quede sin nombre, sin forma, sin consecuencia. Eso es lo que Israel intentó impedir desde el momento en que les arrojó una bandera en lugar de un abogado.

El patrón y su firma

El ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben Gvir —militante del partido ultraderechista Otzma Yehudit, sancionado en junio de 2025 por los gobiernos de Reino Unido, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Noruega por “incitar a la violencia extremista y a abusos graves de los derechos humanos de los palestinos”— no solo permitió este trato. Lo exhibió. El mismo 20 de mayo difundió en redes sociales videos en los que recorre el puerto de Ashdod mientras decenas de activistas permanecen arrodillados, esposados y con la frente contra el suelo. “Bienvenidos a Israel”, dijo, con una bandera en la mano. El gesto no fue un exceso de fanfarronería: fue la firma sobre lo que ya había ordenado.

La condena internacional fue amplia y, en algunos casos, inesperada: la primera ministra italiana Georgia Meloni calificó el trato de “inaceptable”; el canciller español José Manuel Albares lo llamó “monstruoso e indigno”; el embajador estadounidense Mike Huckabee afirmó que Ben Gvir “traicionó la dignidad de su nación”. El propio Benjamin Netanyahu se desmarcó en público —aunque llamó “provocadores” a los deportados e instruyó su expulsión acelerada. La distancia entre esas dos declaraciones no es retórica: es la medida de lo que el gobierno israelí está dispuesto a reconocer y de lo que prefiere no nombrar.

“No son delincuentes condenados. Son activistas que intentan llevar pan a quienes pasan hambre. Nadie debería ser castigado por defender a la humanidad.” — Hadja Lahbib, Comisaria europea de Igualdad.

Estamos vivas

Desde el avión, con la lista escrita en la bolsa y el teléfono prestado por el embajador, Violeta Núñez resumió tres días en una frase sin retórica: “Hicieron todo para marcar la flotilla.” La deportación de los más de 420 activistas —de 44 nacionalidades— no es una reparación. Es una expulsión. Los cuerpos que regresan con las muñecas marcadas, las costillas fracturadas y la ropa desgarrada son el argumento más contundente de que lo ocurrido en Ashdod y en Ketziot no fue exceso: fue método.

La bolsa donde Violeta escribió las cincuenta violencias llegará a tierra firme. Lo que no tiene respuesta todavía es ante qué instancia. Adalah exige presencia en las audiencias que el propio Estado israelí tendrá que convocar —o no convocar—. Varios gobiernos europeos hablan de nuevas sanciones a Ben Gvir: las mismas que cinco países ya le aplicaron en junio de 2025 sin que eso modificara su conducta ni su cargo. El ministro publicó él mismo los videos de Ashdod. Esa documentación existe, tiene fecha, tiene autor. Lo que la deportación no cerró es la pregunta de quién responde por ella y cuándo.

Fuentes:

  • Testimonio de Violeta Núñez (RompevientoTV, Ernesto Ledesma, 21/05/2026)
  • · Comunicado de Adalah y Global Sumud Belgium
  • · Nota informativa de referencia interna

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