Plaza Palestina: ocupación colectiva
Levantarse es un gesto mínimo que puede volverse colectivo. El 7 de febrero, en Plaza Palestina, ese gesto tomó forma en una toma de calle llamada Un Rumor se Levanta: fue un espacio abierto donde la palabra circuló sin jerarquías, el canto se volvió denuncia y distintas luchas se reconocieron en el mismo territorio. No como evento, sino como encuentro entre cuerpos que se niegan a seguir solos.
Un Rumor se Levanta – El Giro de la Rueda
Por Kino Balu

La Plaza Palestina se llenó ese sábado 7 de febrero sin que nadie marchara. Durante más de diez horas, cientos de personas ocuparon el espacio entre Avenida Juárez y el Hemiciclo sin desplazarse, sin un programa cerrado. Un Rumor se Levanta no fue mitin ni festival patrocinado. Fue una asamblea expandida donde la música, la gráfica, la palabra y la denuncia circularon horizontalmente mientras Radio Rumor transmitía en vivo “a todo México y el cosmos”, según anunciaron los altavoces. Sobre el asfalto, mantas con nombres de desaparecidos convivían con serigrafías sobre Palestina, carteles contra megaproyectos y volantes exigiendo libertad para presos políticos. No había división entre quienes denunciaban y quienes escuchaban. La plaza funcionó como una superficie porosa donde luchas diversas se reconocían sin fundirse.
Horas sin programa cerrado: la plaza como asamblea expandida

Karen llegó siguiendo los flyers que circulaban en redes desde días antes. Acompaña a varios colectivos aunque ese día no participó directamente. “Creo que son eventos muy necesarios, también muy inspiradores, donde personas que a veces no tenemos tiempo de juntarnos porque estamos dispersas en distintas luchas tenemos la oportunidad de mirarnos, vernos, volver a hablar, incluso bailar, escuchar música, compartir el arte que hacemos”, dice. Describe la jornada como “una gran reunión, una gran asamblea que permite mantener esas redes vivas”. Esa capacidad de encuentro entre quienes resisten desde trincheras distintas fue lo que articuló esas horas de ocupación. Hubo también diversos gestos y pronunciamientos solidarios en torno a Ayotzinapa, especialmente sobre la desaparición forzada como crimen de Estado, que circularon en mantas, consignas y materiales gráficos. Esas referencias convivieron con la Asamblea Vecinal contra las Megaconstrucciones Tlalpan-Coyoacán, con familias desalojadas de Cuba No. 11, con la Plataforma Común por Palestina, con mujeres buscadoras del Colectivo Luciérnagas y con Mazatecas por la Libertad.
Colectivo Lirios Buscadores: desapariciones en el Valle de México

El Colectivo Lirios Buscadores Izcalli estuvo presente para visibilizar casos de personas desaparecidas en el Valle de México, específicamente en Cuautitlán Izcalli y municipios aledaños. Una compañera explica que son alrededor de veinte familias con personas que hasta la fecha no han sido localizadas. Algunas desapariciones son recientes, otras llevan más de cinco años sin resolverse.
Jeshua Cisneros Lechuga: desaparición sin resolver desde noviembre de 2025
Jeshua Cisneros Lechuga desapareció el 13 de noviembre de 2025 cuando iba de regreso a su casa después de estar con un amigo. “A la altura de la Alpura, sobre la autopista México–Querétaro, él desaparece. Las autoridades no han podido establecer qué fue lo que pasó”. Su rastro se pierde completamente entre las empresas Alpura y Gatorade. Los padres han realizado jornadas de búsqueda y pegatas masivas con fotografías: Yesenia, Brian, Leonardo Daniel, Adrián.
Feminicidio como desaparición definitiva que no figura en estadísticas
La compañera, que además forma y construye un colectivo feminista, señala algo clave: “La mayoría son hombres. Solo hay dos mujeres y eso no significa que no haya mujeres desaparecidas, sino que muchas son encontradas de manera inmediata, sin vida”. El feminicidio como forma de desaparición definitiva, que no figura en las estadísticas. Hasta la conformación del colectivo, estos casos no se habían visibilizado. Descubrieron entonces que el Estado de México concentró el 44 por ciento de las desapariciones registradas en 2025. Solo en el Valle de México hay al menos 75 personas no localizadas.
De todos esos casos, hasta febrero de 2026 solo se logró la identificación de una persona: Tyron Paredes, joven venezolano que vino a México a trabajar como repartidor. Fue asesinado cuando entregaba un pedido y localizado entre Huehuetoca y Coyotepec. “Con la intervención del colectivo, la Fiscalía permitió a los familiares la identificación completa del cuerpo, pero no se ha logrado su repatriación”. La compañera cierra con una advertencia: “Nos damos cuenta de que es una problemática enorme que no puede aislarse de nuestro pensamiento individualista de creer que esto no nos va a pasar. México concentra más de 133 mil personas desaparecidas”.

La Coraza: el canto como forma de lucha
Cuando ya había oscurecido, La Coraza subió al espacio abierto que funcionaba como escenario. María Emilia Martínez dirige este ensamble coral femenino que agrupa voces de todas las edades y profesiones. “Cualquier proyecto artístico tiene que sumarse siempre a cualquier pronunciamiento que esté en contra de las transnacionales, del capitalismo, de lo que está pasando en el mundo”, explica. Adriana Portillo, integrante del grupo, aclara que en La Coraza “hay mujeres buscadoras” y que ese día estaban ahí “en nombre de nuestros desaparecidos”. Así, el canto funcionó como acción política directa: La Coraza, Los Nakos con su repertorio de canción social, Botellita Retornable, León Chávez Teixeiro con su poesía musicalizada y Mexican Sound System. La música no entretenía: reunía, hacía cuerpo colectivo, volvía audible la rabia contenida.

Pero la jornada no se sostenía en la celebración. En algún momento de la tarde, una compañera de Siuat Yoltechikatli por los Derechos Humanos habló del caso que su organización acompaña. “Estamos dando acompañamiento más político ahorita que de salud”, dice. Se refiere a Miguel Ángel Peralta Betanzos, de Eloxochitlán de Flores Magón, Oaxaca, quien estuvo preso casi cinco años, obtuvo su libertad en 2019 y ahora enfrenta una nueva condena de 50 años por delitos fabricados. La compañera explica por qué es necesario presentarse en estos foros: “Porque no todos saben. La mayoría se va por las noticias oficiales. Quien tiene el poder tiene el poder de decir lo que quiera. Y una mentira se convierte en verdad cuando se reproduce”. Miguel no puede estar en su comunidad, vive desplazado. Intentaron reproducir un audio suyo, pero la tecnología no funcionó. “A veces es necesario que alguien más diga estas palabras”, concluye.
Eloxochitlán de Flores Magón: cuatro décadas de autonomía frente al neo-caciquismo

Argelia Betanzos, de Mazatecas por la Libertad, tomó el micrófono y desgranó la historia profunda de Eloxochitlán de Flores Magón. Cuatro décadas de libre autodeterminación enfrentando generaciones de caciquismo. La primera escuela que mandó Lázaro Cárdenas en los años treinta duró tres años: los caciques la quemaron. En los cincuenta, los primeros maestros normalistas confrontaron ese poder local. En los noventa hubo jornadas por la autonomía. En el año 2000 instalaron la primera radio comunitaria. En 2010, el gobierno del estado rearticuló lo que Argelia nombra como “un grupo neo-caciquil” que usa los tres poderes para fabricar delitos de alto impacto. Más de 50 personas fueron criminalizadas: maestras, campesinos, cafeticultores, autoridades comunitarias.
El río Xangá Ndá Ge y la protección política a Manuel Zepeda Cortés

Miguel Ángel Peralta Betanzos fue encarcelado casi cinco años, liberado en 2019 y hoy enfrenta una nueva condena por delitos fabricados. Detrás está el saqueo del río Xangá Ndá Ge por Manuel Zepeda Cortés y la protección política de su hija, Elisa Zepeda Lagunas, diputada por Morena. Gabino Cué fabricó los expedientes, Alejandro Murat activó su recaptura y Salomón Jara ha sostenido la impunidad otorgándole cargos. La Suprema Corte revocó la sentencia, pero no garantizó libertad plena. En febrero de 2026, el Primer Tribunal Colegiado de Oaxaca resolverá uno de los últimos amparos de Miguel. Eloxochitlán no es un caso excepcional: es un laboratorio de criminalización del disenso.
Palestina como espejo de violencias locales

Gamaliel, que llegó a la plaza convocado por compañeros, resume lo que encontró: “Hay tocada, arte de lucha, de resistencia, compañeros que van a hacer música, poema, teatro, performance, dibujo, todo en función de manifestar nuestro repudio al genocidio en Palestina”. Palestina funcionó como símbolo político global, pero también como espejo de violencias locales. “Lo que ocurre allá no es ajeno a lo que ocurre aquí”, se repetía en las conversaciones.
La Plataforma Común por Palestina expuso fotografías del asedio a Gaza. Pero la solidaridad no se quedó en gesto simbólico. La ocupación territorial, el apartheid, el despojo, la militarización fueron leídos como lógicas compartidas del mismo sistema que opera en Gaza y en Playa Salchi, en Ayotzinapa y en los barrios gentrificados de la Ciudad de México.
Lo que se construyó en Plaza Palestina el 7 de febrero no fue un listado de causas aisladas, sino el reconocimiento de una trama común. Familias buscadoras, comunidades desplazadas por megaconstrucciones, pueblos que defienden el agua, colectivos feministas que documentan feminicidios, habitantes de barrios gentrificados, presos políticos de Oaxaca y familias palestinas bajo bombardeo enfrentan distintas expresiones del mismo modelo: un sistema que criminaliza la defensa del territorio, fabrica delitos contra quienes resisten el despojo, usa el aparato legal para proteger a quienes saquean y normaliza la violencia como forma de gobierno. Lo que se disputaba ahí no era solo cada caso particular, sino quién tiene derecho a la ciudad, a la palabra, a la memoria y al territorio.
El formato de la jornada hizo que la plaza se convirtiera en lo que las compañeras llamaron “una gran reunión”. Las actividades se superpusieron y rotaron durante once horas. El clima fue tenso pero no cerrado, crítico pero no derrotista. Familias buscadoras, estudiantes, artistas, colectivos barriales, activistas históricos, redes juveniles: la ocupación fue intergeneracional y múltiple. La atmósfera combinó rabia política con alegría comunitaria, algo poco frecuente en contextos de violencia estructural.
Okupa Gráfica y Radio Rumor: contra el anonimato de la represión

El Okupa Gráfica funcionó como espacio permanente de pegado de carteles, serigrafía, mantas, grabados. Los temas se acumulaban sin competir: desaparición forzada, feminicidios, antigentrificación, presos políticos, defensa del territorio, Palestina. Mesas informativas de la Glorieta de las y los Desaparecidos, del Frente Antigentrificación, de la Red Universitaria Anticapitalista, de la Coordinación 8M. Las familias desalojadas de Cuba No. 11 documentaron su caso. Comunidades desplazadas por megaconstrucciones mostraron mapas de la expansión inmobiliaria. Colectivas feministas colocaron la violencia contra las mujeres como parte de una crítica integral al modelo social.
La plaza se convirtió en un archivo temporal de memorias en disputa: la manta como evidencia, la mesa informativa como documentación de impunidad, el cartel pegado como dato que las instituciones prefieren ocultar. No hubo mitin centralizado. Lo político se expresó a través de micrófono abierto, conversaciones públicas, lectura de comunicados. La palabra circuló horizontalmente. Lectura colectiva y performance funcionaron como herramientas de memoria, acciones de denuncia, formas de pedagogía popular, modos de producir comunidad. El arte no solo entretenía: hacía política.
Fandango por la paz: música como práctica política
Al final, un fandango por la paz y la vida. Zapateado, baile, instrumentos acústicos, sin división entre ejecutantes y público. Música tradicional como práctica política sin mediación. La gente bailó sobre el asfalto hasta que anocheció completamente. No fue celebración ingenua: fue insistencia. Seguir vivos, seguir organizados, seguir nombrando lo que el poder intenta borrar.

Radio Rumor transmitió junto con Huelga Radio, Desinformémonos, Teje Medios, Laboratorio Popular de Medios Libres y Radio Zapote. Frecuencia colectiva desde Plaza Palestina Libre. Enumeraron nombres propios: Valentina Vargas, Elia Cross, Busca con Smokey, Luna Random, Argelia Guerrero, Lengua Alerta, Cruz del Sur, Taller del Pájaro Carpintero. Presencias registradas contra el anonimato de la represión.
La respuesta no fue discurso. Fue práctica: once horas de ocupación donde comunidades organizadas, cuerpos en resistencia y relatos fuera de la narrativa oficial produjeron comunidad política en tiempo real.
Un Rumor se Levanta

No solo fue una consigna poética. Era una invitación a despertar: salir del letargo, de la normalización, de la costumbre de mirar hacia otro lado. El rumor funciona como lo contrario de la versión oficial: circula sin sellos ni firmas, se sostiene en la confianza de quien lo comparte. Levantar el rumor es volverlo cuerpo, presencia, ocupación del espacio común. Convertir lo que circula en susurro —Miguel sigue desplazado, el río sigue saqueado, las familias siguen buscando— en algo visible, colectivo, difícil de borrar.
Levantarse también es romper el aislamiento. El sistema que persigue a quienes defienden el agua, que encarcela maestras rurales, que desaloja familias y derriba casas con maquinaria pesada funciona separando. Trata cada historia como si fuera un caso aparte. La plaza permitió ver lo que se repite: lo que pasa en Playa Salchi no es excepción, lo que ocurre en Gaza no está lejos, lo que viven las buscadoras no es un drama individual. Reconocerse en esa repetición fue una de las potencias de ese espacio compartido.
Las búsquedas continúan, los desalojos siguen, los ríos siguen siendo saqueados, Gaza continúa bajo asedio, los barrios se transforman en mercancía. Nada de lo que se dijo en Plaza Palestina está resuelto. Lo que se armó ese día no fue una respuesta inmediata, sino una trama de cuerpos, voces y memorias que se reconocen frente a una misma maquinaria de despojo. Entre quienes sostienen el abuso como forma de vida y quienes insisten en organizarse para vivir con dignidad, una de las dos tendrá que ceder. Y no será gratis: implicará levantarse una y otra vez, ocupar el espacio, sostener el cuerpo y la memoria frente a la maquinaria de la muerte.


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