En Zacacuautla, la cocina no sirve solo para alimentar: organiza el mundo. Cuando Filiberta abre su casa, lo que recibe a quienes llegan no es un menú, sino una filosofía culinaria donde cada platillo describe un estado de la materia y del cuerpo colectivo. Dos preparaciones concentran ese sentido: el Xoclaque —cuerpo sólido, materia organizada, flor de bromelia silvestre servida en torta con mole rojo y nopales— y el Xipe Tótec —cuerpo abierto, sopa de betabel con carne de res que remite a la carne en tránsito, a la transformación.
Pero en esta nota no hablamos solo de comida. Hablamos de un territorio en disputa, de un carnaval que se sostuvo por casi una década y que este febrero no pudo continuar, y de la operación de cuidado que lo sustituyó: títeres de sombra, narración oral y música de huapango hidalguense en el kiosco de la plaza principal.
Al fondo, siempre, el bosque que Filiberta y el grupo Ocotenco sembraron árbol por árbol desde 2009: cicatriz visible de una guerra larga por la defensa del territorio.
Febrero de 2026. Zacacuautla.
Por Kino Balu
El día previo a la entrevista con Fili asistimos a una función de títeres de sombra —con una ejecución precisa y luminosa de Iliria Gómez Martín—, acompañada de narración oral y música en vivo de Farfaratán, el que a donde quiera va. Antes de que comenzara la obra, el espacio se abrió con huapango: un dúo de quinta y jarana huastecas a cargo de Jan y Ariana Gómez.

La puesta en escena de Farfaratán estuvo dirigida por Ana Liedo; la narración corrió por cuenta de Hellen Villegas, con acompañamiento musical en vivo de Ariana Gómez y el violonchelo de Fernando Vargas, además del soporte de audio digital de Aldair Sandoval.

La cocina como forma de organización del mundo:
Ser invitado a casa de Fili es, ante todo, pasar un rato en su cocina. Ahí se organiza un trabajo comunitario. Aunque el espacio es amplio, con la cantidad de personas ya no lo parece tanto. A veces se percibe caos, pero no: es un trabajo orgánico. La apariencia de desorden se debe al movimiento continuo: unos lavan enseres, otros descuelgan cazuelas de barro, alguien corta verduras, alguien más mueve la cuchara sobre la olla en la estufa. Parece que en cualquier momento dos cuerpos van a chocar, que el accidente es inevitable, pero al final siempre logran esquivarse.
Había que preparar alimento suficiente para quienes venían de fuera y de dentro de Zacacuautla: gente de Ocotenco-Kuautlali, las visitas poco formales de Radio Huaya, el dúo de huapango hidalguense, la compañía de “Farfaratán” y demás invitados e invitadas.
No era solo comida: era una forma de organización del mundo.
Una filosofía culinaria.
Arroz con jitomate, frijoles de olla, ensalada de garbanzo, agua de melón, tortillas hechas a mano de maíz amarillo y azul. Pero hubo dos platillos que hicieron diferencia y memoria. La comida es parte central del acontecimiento: se nos pueden olvidar los nombres, las conversaciones, incluso el orden de las escenas, pero es difícil olvidar qué se comió.
Porque la forma del platillo importa tanto como el sabor.
La forma habla del estado de ese espacio-tiempo-memoria:
- compacto = tierra, masa, cuerpo estable
- íquido = sangre, lluvia, neblina, transformación
Comimos, sin que nadie lo dijera explícitamente, dos metáforas del cuerpo:
- el Xoclaque → cuerpo hecho bloque, carne organizada.
- el Xipe Tótec → cuerpo abierto, carne en tránsito.
El Xoclaque se sirvió “en torta”.
El Xipe Tótec, como sopa.
No nombran ingredientes, sino estados de la materia.
No dicen qué es la comida, sino cómo existe.
El cuerpo contado desde la cocina.
Xoclaque: cuerpo sólido, materia organizada:
Proviene de una planta epífita. En Zacacuautla, la planta madre es una variedad de bromelia silvestre que crece en los bosques de niebla. Esta flor la preparó Filiberta: no era un guiso caldoso, sino una preparación compacta, ligada, bañada con mole rojo y nopales.
Cuerpo sólido.
Materia organizada.
Xipe Tótec: cuerpo abierto, carne en tránsito:
La carne: el cuerpo como ofrenda.
Esta sopa la preparó el compa Xe. Un platillo de betabel con carne de res: fibras, textura orgánica. Remite al cuerpo abierto, no en clave gore, sino en clave material: el cuerpo como alimento del mundo.
El betabel funciona como piel y como sangre. Tiñe, recubre, envuelve. Opera casi como una segunda piel roja. Es una transposición culinaria directa del gesto de Xipe: carne cubierta por otra piel, materia transformada.
No se trataba de gastronomía.
Se trataba de cuerpos reorganizándose.
De materia que se cocina para seguir existiendo en común.
El día después: decidir entre carnaval y presa
Despertamos. Amaneció con frío y humedad. Desayunamos el recalentado. La noche anterior había dos posibilidades: asistir al carnaval de San Pablito —donde el carnaval no es solo baile, sino una forma de relación con el mundo, ligada a la cosmovisión de los curanderos, de los Huehues y las Maringuillas—, o tomar la opción más relajada: visitar la presa de Zacacuatla.
A los varones se nos advertía, de manera insistente, sobre el “canto” de la sirena. Que más que un sonido era una sensación interna, no auditiva. Se dice que proviene del centro de la presa: un canto dulce y melancólico que no se escucha con los oídos, sino con el cuerpo.
Se advierte a los hombres que no se acerquen demasiado a la orilla si perciben ese llamado. La sirena suele atraer a quienes le parecen apuestos para llevárselos al fondo del agua, de donde nunca regresan; aunque a veces, dicen, los cuerpos aparecen dos o tres días después.
Entre de la cocina y la entrevista, el territorio volvía a decir lo mismo por otros medios:
el cuerpo es materia vulnerable,
la comunidad es un sistema de cuidado,
y el mundo —como la comida— también puede tragarte si no aprendes a escucharlo.
Del carnaval a Farfaratán: una operación de cuidado:

Filiberta lo dice sin rodeos: el carnaval se sostuvo de 2013 a 2021, hasta antes de la pandemia. Durante casi una década fue una forma de recuperar el cuerpo colectivo, de insistir en la calle, en la máscara, en el ruido, en la presencia. Después vino el encierro. Y cuando se intentó retomar, fue como empezar de cero.
La comunidad —profundamente religiosa— nunca terminó de apoyar el carnaval. Para muchos era una adoración al diablo. Aun así, se sostuvo a contracorriente durante años. Hasta que este febrero ya no se pudo. Varias condiciones se juntaron: desgaste, miedo, desánimo, menos gente dispuesta a sostenerlo.

Exposición de máscaras de carnaval en el kiosco de la plaza principal de Zacacuautla. Piezas del taller de La Casita de Cultura Comunitaria Rä Hmüda “La Semilla”. | foto Kino Balu
Para las y los defensores la cancelación fue un golpe silencioso. Para Filiberta, algo más: por primera vez no hizo una máscara, no quiso participar. No fue un gesto menor. Fue una manera de decir que algo se había roto.
Pero la ausencia no se dejó vacía. Se desplazó.
En lugar del carnaval, Filiberta y Ocotenco-Kuautli impulsarón otra cosa: no la fiesta de la máscara, sino la del relato; no el cuerpo disfrazado, sino el cuerpo que escucha. Así llegó “Farfaratán” a Zacacuautla.

Un sábado por la tarde, en el kiosco de la plaza principal, se abrió un espacio distinto: títeres de sombra, narración oral y música en vivo. Un gesto de sustitución simbólica. Donde antes había carnaval, ahora había historias. Donde antes había chicones, ahora había siluetas. Donde antes había ruido, ahora había música de huapango hidalguense y después atención.
No fue un Carnaval.
Fue una operación de cuidado.
Un intento por sostener lo que todavía se puede sostener: la reunión, la imaginación, la escucha compartida. Llevar a niñas, niños, abuelas, abuelos. Reunirse no para celebrar, sino para no desaparecer del todo.
Invitó y organizó La Casita de Cultura Comunitaria Rä Hmüda “La Semilla”.
Pero en realidad organizaba otra cosa:
una forma mínima de resistencia afectiva en un territorio cansado.
Del monte herido a la palabra: Filiberta y la memoria del bosque

Después del bosque, después de la cárcel, después de las amenazas, después de la derrota, ya no quedaba el carnaval. Quedaba esto: una historia contada en sombras para que el pueblo no se quede a oscuras.
A orillas de la presa de Zacacuatla, donde hoy los árboles alcanzan ya los veinte metros de altura, Filiberta Nevado Templos recuerda que ese bosque no siempre estuvo ahí. “Todos estos árboles los sembramos el grupo del Ocotenco en 2009. Combinábamos la defensa con la siembra. Las mañanas las dedicábamos a plantar; de noche, a vigilar el monte”.
Ese bosque joven —pinos y encinos creciendo sobre tierra herida— es la cicatriz visible de una guerra larga: más de quince años de amenazas, cárcel, asesinatos y una derrota que nunca terminó de asumirse. Una historia donde la defensa del territorio se escribió en versos, en cartulinas pegadas en la iglesia, en letreros arrancados por los taladores, en la voz de una mujer que decidió que no podía callar.
El bosque como cicatriz visible
La próxima entrega en El Giro de la Rueda: entrevista con la compañera Filiberta Nevado Templos, sobre Benita Ibarra Canales, el libro “Zacacuautla, Rimas en Defensa del Bosque” y la memoria de un monte que fue elegido —como escribió Benita— por el huracán humano.


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