“Devenir-Maguey”: Amariza Vera Montiel, la memoria y la resistencia del magueyal de Epazoyucan


Por Kino Balu

I. El territorio antes del nombre

El Estado dice que en Epazoyucan no hay nada que valga la pena conservar. Los permisos lo certifican: zona árida, tierra infértil, superficie disponible. Hay, sin embargo, magueyes (Agave salmiana o maguey pulquero), nopales, pirul, eucalipto y tepozán. Hay reptiles que los administradores nunca han visto, aves que no figuran en ningún oficio de SEMARNAT, roedores, hongos, raíces. Hay cuerpos de agua que las comunidades aún usan. Hay dos abuelos que nacieron ahí y una niña que llegaba casi cada fin de semana. El matorral semiárido de Santa Mónica y Paso Viejo, municipios de Epazoyucan y Singuilucan, Hidalgo, no está vacío: está lleno de lo que los expedientes de instituciones del gobierno deciden no ver.

El territorio no es para Amariza Vera Montiel un concepto político que se adquirió en la universidad. Es anterior a cualquier nombre que le pongamos.

La amenaza tampoco es nueva. Desde 2017, la transnacional española Dhamma Energy —que opera en México bajo las razones sociales de Akuwa Solar S.A. de C.V. y Delfín Solar S.A. de C.V., entre otras— comenzó a tender sus redes sobre las parcelas ejidales de Santa Mónica, Escobillas, Jalapilla, El Varal y Somorriel. El 16 de septiembre de 2019, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales emitió la autorización para la planta fotovoltaica de Akuwa Solar: 126 megavatios, superficie distribuida entre los municipios de Singuilucan y Epazoyucan, con vigencia de 25 años para operación y tres años y seis meses para la preparación del sitio y la construcción. El 31 de enero de 2025, la Comisión Reguladora de Energía (CRE) aprobó un permiso adicional de 30 años. En diciembre de ese mismo año, Dhamma Energy fue adjudicada con 440 megavatios para tres proyectos solares en Hidalgo. El gobierno estatal fijó el plazo para el inicio de obras: antes de julio de 2026.

Hoy, cuando Amariza Vera Montiel inaugura su primera exposición individual —el 3 de junio de 2026, en Taller 36, galería ubicada en Gobernador Ignacio Esteva 54, San Miguel Chapultepec I Secc., Ciudad de México, con acceso libre de 12 a 19 horas—, el magueyal de Santa Mónica aún existe. El ejido no ha definido su postura colectiva. El municipio no otorgará licencias de construcción hasta que el ejido decida. La maquinaria y el tiempo del despojo espera.

II. Una artista que creció mirando el monte

Devenir-Maguey. Memorias del magueyal en Santa Mónica, Epazoyucan, de Amariza Vera Montiel, entrelaza bordado, fotografía y textil para reconstruir rastros del magueyal desde la memoria y el cuerpo. En la pieza aparecen formas vegetales y anatómicas que evocan pencas, fibras y respiraciones, como si el paisaje quedara inscrito en la tela a través de huellas mínimas y fragmentos cosidos.

Amariza tiene 26 años. Se formó en antropología y trabaja con medios distintos —audiovisual, textil, fotografía, gráfica, pintura, escultura— aunque no con todos al mismo tiempo ni con la misma intensidad. Su práctica, dice, está completamente atravesada por esa formación.

Habla como quien ha pensado mucho lo que dice y también lo ha vivido. En la entrevista realizada antes de la inauguración, explica el origen de su vínculo con el territorio:

“Mi práctica artística creo que está muy relacionada a los territorios que habito y que he habitado a lo largo de mi vida, sobre todo en Hidalgo. Creo que está muy arraigada ya. Y está completamente atravesada también por mi formación en antropología. Esa es una línea base muy importante para todo el trabajo que tengo en el arte.”

“Arraigada” es la palabra justa. No elegida por ornamento sino porque describe un proceso físico y temporal: la raíz no se planta de golpe, se instala con el tiempo. La carga afectiva que Amariza identifica como motor de su preocupación por el territorio y que es el resultado de décadas de visitas semanales, de abuelos con nombres y parcelas, de fines de semana en el monte.

“La carga afectiva que tiene para mí el territorio es lo que me hace preocuparme por él y por esta potencial devastación que busca hacer la empresa extranjera que quiere implementar el megaproyecto.”

La exposición que inaugura en junio nació de esa acumulación. El proyecto lleva gestándose aproximadamente diez años en su cabeza, pero tomó forma pública con urgencia específica: la posible remoción de más de 1,200 hectáreas de monte vivo para convertirlas en parque industrial fotovoltaico. La coyuntura no creó el proyecto; lo precipitó.

III. Lo que el Estado llama árido

Durante la movilización El color del Maguey en Pachuca, Amariza e Illiria sostienen una pieza textil realizada por Amariza, donde el maguey aparece como memoria territorial y símbolo de resistencia comunitaria frente al avance de megaproyectos energéticos sobre el matorral semiárido hidalguense.

Hay un conflicto anterior al conflicto por la tierra. Es el conflicto por el lenguaje.

Para que un megaproyecto industrial pueda instalarse sobre un territorio, ese territorio debe primero ser vaciado de contenido. No físicamente —eso viene después—, sino semánticamente. La estrategia ha funcionado con suficiente regularidad como para convertirse en protocolo: si no hay nada ahí, no se pierde nada cuando se remueve. En el caso de Epazoyucan y Singuilucan, el Estado clasifica el matorral como zona árida o infértil. Esa clasificación opera como autorización semiótica antes de operar como autorización administrativa.

Amariza:

“Es un insulto en realidad. El matorral que es el ecosistema que habita la región pues normalmente es como mal visto porque es árido —digamos—, pero no en un sentido de hacerlo ver como algo que es infértil o algo que no tiene vida, sino es seco. No llueve mucho por la región. Claro que eso tiene implicaciones históricas. No es como que sea de gratis que llueva menos que antes. Pero esto quiere decir que hay plantas que habitan ahí como cactus, como lo son los nopales, como agaves, como son los magueyes, y plantas de resistencia como árboles como el pirul, el eucalipto, el tepozán.”

La distinción importa. Árido no es sinónimo de estéril; es una condición climática que produce adaptación. Lo que el Estado nombra vacío alberga reptiles, aves, roedores, insectos, hongos, raíces. Y el Agave: planta que retiene humedad, previene la erosión, sostiene la cultura pulquera y articula relaciones económicas campesinas que preceden por siglos a cualquier empresa de propósito específico.

“El estado nombra el territorio como árido e infértil desde una posición de poder —explica Amariza—. Como si no hubiera nada ahí, por ser espacios que tienen un suelo más seco, que carecen de agua, de lluvia. Sin embargo, acá sabemos que eso no significa que no haya vida, que no haya especies, que no vivamos las personas ahí junto con otros animales. Humanos y más que humanos.”

La frase —humanos y más que humanos— nombra a ese territorio que la exposición busca defender: uno donde la vida no se reduce a lo que el Estado puede contar con sus categorías.

IV. La paradoja del comal

El argumento corporativo y gubernamental descansa en una premisa que suena inobjetable mientras no se le pide nombre: la energía solar es mejor que la energía fósil. El problema, señala Amariza, no es la premisa. Es lo que ocurre cuando esa premisa se convierte en licencia para operar a escala industrial sobre ecosistemas vivos, con ejidatarios que no siempre comprenden las implicaciones a largo plazo de los contratos que firman.

Akuwa Solar fue constituida en Hermosillo, Sonora, en 2013, con Dhamma Energy como accionista mayoritario —19,999 acciones—. Delfín Solar, otra razón social del mismo grupo, tiene una capacidad proyectada de 358 megavatios y una inversión declarada de 1,800 millones de pesos. Para instalar esa capacidad, los propietarios de parcelas deben despejar sus hectáreas a ras de suelo: arrancar magueyes, nopales, cualquier planta, cualquier raíz. El suelo debe quedar pelón. Esa condición no está enterrada en letra chica; es un requerimiento técnico inherente a la instalación masiva de módulos fotovoltaicos.

Los contratos de arrendamiento que Akuwa Solar y Delfín Solar presentaron a los ejidatarios de Santa Mónica incluyen, según análisis de colectivos comunitarios y cobertura periodística verificada, cláusulas de penalización desproporcionada ante el incumplimiento unilateral del campesino, prohibiciones de acceso a actividades tradicionales —el tlachiqueo, la recolección—, y cercado perimetral que impide el tránsito comunitario sobre parcelas que siguen siendo, en papel, propiedad del ejidatario. Las rentas reportadas oscilan entre 20,000 y 30,000 pesos anuales por hectárea, sin cláusulas de actualización por inflación ni compromisos de restauración al término del proyecto. La Ley Agraria establece una duración máxima de 30 años para estos contratos, con prorroga posible; ese es también el plazo del permiso de la CRE.

“Eso no es para nada limpio, no es sustentable —dice Amariza—. Y es lo que no nombran. Nosotros creemos que la energía limpia es esa energía que además de ser autogestiva y comunitaria, no se piensa como para un negocio de manera masiva. Y esto es todo lo contrario.”

El argumento encuentra soporte empírico en la experiencia de comunidades vecinas. En Calpulalpan —municipio colindante donde ya operan parques solares a escala industrial—, registros citados por comuneros reportan un aumento de aproximadamente 3°C en la sensación térmica local. Los paneles actúan como un comal sobre la tierra: el sol rebota en el vidrio y el metal, devuelve calor al microclima, dispersa las nubes y altera el patrón de precipitación sobre el territorio donde se instalan. Lo que queda bajo los paneles no es un espacio muerto por omisión: es un horno activo sobre un suelo que antes tuvo raíces.

“Esa metáfora nos va bien —dice Amariza sobre el comal—, porque el sol refleja sus rayos para cargarlos de energía, pero al hacer esto rebotan calor. En Calpulalpan se ha registrado que ha subido aproximadamente tres grados el calor, la sensación térmica, debido a los paneles. Además, este rebote de luz y de calor hace que las nubes se dispersen y ya no se posen sobre ese territorio.”

 V. La hierbera que no registró sus conocimientos

Antes de que existiera el conflicto en su forma actual, existía Amalia Ortiz.

Amalia Ortiz era la bisabuela materna de Amariza. Era hierbera de la comunidad en Santa Mónica: conocía las plantas del matorral, preparaba remedios para las personas, sostenía un saber que no provenía de libro ni de institución sino de relación prolongada con ese ecosistema. Murió a los 110 años, cuando la madre de Amariza tenía 14. Amariza no la conoció. Lo que sabe de ella llega por su abuelo materno —que también sabía algo de herbolaria y lo compartía— y por historias dispersas que circulan en la familia.

No existe un registro de los conocimientos de Amalia Ortiz. No hay cuaderno, no hay video, no hay documento. Lo que queda es la memoria oral y la vida de quienes la recuerdan.

“Siempre tuve esta inquietud con que en realidad nunca hubo un registro de sus conocimientos como tal. Siempre son como historias contadas y muy dispersas sobre ella y su práctica. Pero siempre tuve esta necesidad de recurrir a la memoria familiar, comunitaria, para que no se perdiera ese conocimiento. Que hoy más que nunca, bajo el panorama mundial, es importante no perderlo.”

La exposición nació de ahí. “Devenir-Maguey” es, en su primera capa, un acto de documentación urgente: invocar a Amalia Ortiz, registrar lo que ella sabía del matorral, hacer visible el hilo entre el saber herbario y el magueyal que hoy está en riesgo. Si los paneles se instalan y el ecosistema es arrasado, no se pierde solo la biodiversidad medible: se pierde también el referente físico del conocimiento que una mujer pasó 110 años construyendo en relación íntima con esas plantas.

La coincidencia entre el estado actual del conflicto y la urgencia del registro no es accidental. El proyecto lleva diez años en la cabeza de Amariza. La coyuntura lo precipitó hacia el espacio público.

“Con esta coyuntura de la potencial devastación que quieren hacer —dice—, pensé que era importante hoy más que nunca hacer este registro y esta invocación de la memoria del territorio.”

VI. El arte de prestar atención

Agosto de 2025. En las instalaciones de Radio Huayacocotla, La Voz Campesina, Amariza, Xé e Illiria trabajan en la creación de un nuevo mural colectivo que transforma la fachada de la emisora en un espacio de color, memoria y comunicación comunitaria. De abajo hacia arriba avanzan entre andamios sobre los primeros trazos de la obra.

“Devenir-Maguey” parece alejarse de las formas más inmediatas o convencionales de abordar el conflicto territorial. Más que construir un discurso frontal o explicativo, la propuesta de Amariza Vera Montiel se mueve hacia otro ritmo: detenerse, observar y prestar atención al territorio, a los magueyes, al matorral y a las formas de vida que suelen quedar fuera de la mirada institucional sobre el paisaje.

El concepto viene de la antropóloga estadounidense de ascendencia asiática Anna Tsing, a quien Amariza cita como uno de sus referentes centrales. Tsing propone “el arte de prestar atención” como herramienta para reconocerse en un mundo multiespecie: descentrar al humano, acoplarse a los ritmos de otros seres, observar sin el apuro de la extracción. Ir al territorio no a medir ni a catalogar sino a relacionarse. Ir al maguey, por ejemplo, y no a registrar sus dimensiones sino a notar cuánto tarda en responder al viento.

“Ir con esta premisa al territorio, de prestar atención y acoplarnos a los ritmos diferentes que tienen otros seres, como en este caso el maguey, te permite asimilar un montón de otras cosas. Como comunicarte con él de una manera profunda y observar simplemente sus cambios, lo que nos quiera decir.”

La comunidad multiespecie que Amariza propone tiene un contenido puntual: una comunidad ensamblada a partir de diferentes seres, más allá de lo humano, donde el maguey, los animales, los hongos y —en la cosmovisión particular del territorio— otras entidades no cartesianas participan del hacer-mundo colectivo. El humano no es el centro. Es uno de los nodos.

“Como humanos nos descentralizamos de la idea de comunidad y más bien reconocemos que hacemos comunidad porque tenemos relación con otros seres que van más allá de nosotros: animales, plantas y otros seres de la cosmovisión particular del territorio. Estamos muchas especies convergiendo en un mismo territorio haciendo comunidad y haciendo vida.”

El segundo referente teórico es la filósofa Donna Haraway, cuyo concepto de “becoming-with” —devenir-con— Amariza traduce al contexto del magueyal con una imagen específica y profundamente local:

“El devenir no es que te conviertas en ello. Sino que asimiles el otro cuerpo más que humano con tu cuerpo. Es como si lo pudiéramos traducir al lenguaje mexicano: es una idea similar a cuando un nahual se convierte en nahual.”

Magueyal: el conjunto de magueyes habitando el territorio. “Devenir-maguey”: incorporar ese conjunto en tu forma de habitar el mundo, de resistir, de existir. No como transformación literal sino como relación de ida y vuelta con lo que comparte contigo el mismo suelo.

El cuerpo es la herramienta principal de ese proceso. Ante la imposibilidad del lenguaje compartido con lo no humano, el cuerpo se vuelve el primer instrumento de conocimiento.

VII. El arte como herramienta política

Amariza no llegó al arte político por teoría. Llegó por acompañamiento.

Durante años —antes y durante su formación institucional— acompañó la lucha territorial que se desarrolla en Zacacuautla, una experiencia de resistencia comunitaria de la que aprendió, junto a la Casita de Cultura Rä Hümda, que el arte puede ser acción directa. No representación del conflicto sino intervención en él: una herramienta que produce rutas de imaginación colectiva sobre futuros posibles, que nombra lo que expedientes y funcionarios no quiere ver.

“Es con ellas que he tenido la fortuna de aprender a ver cómo el arte puede cambiar las cosas. Puede darnos rutas distintas de acción y de imaginar otros futuros posibles para nosotros.”

La exposición en Taller 36 está pensada para un público específico: los habitantes de la ciudad. Particularmente, quienes no tienen relación directa con el territorio en disputa. Amariza no tiene expectativas infladas sobre lo que una exposición de un día puede lograr frente a un permiso de 30 años de la Comisión Reguladora de Energía y una adjudicación de 440 megavatios. Pero sí tiene claridad sobre lo que puede intentar. Primero, visibilizar: que la Ciudad de México sepa que esto está sucediendo también en Hidalgo, en el marco de una coyuntura más amplia de megaproyectos que buscan devastar territorios en México. Segundo, algo más íntimo y más difícil de medir:

“Que asimilemos que, a pesar de que estemos habitando una ciudad, estamos relacionándonos con otros seres más allá de lo humano todo el tiempo. Aunque acá parece que nos ha devorado el cemento, hay muchas grietas que nos permiten seguirnos relacionando con otros seres. Hay muchos magueyes sembrados también a lo largo de la ciudad. Y eso es un intento de sembrar una semillita para asimilar el mundo vegetal en nuestra forma de habitar el mundo, aunque sea en las ciudades.”

La ciudad, en el argumento de Amariza, no es un territorio ajeno al magueyal. Es otro nodo de la misma red. El maguey que crece en una grieta abierta de la colonia Guerrero y el maguey que resiste en el monte de Epazoyucan son la misma planta ejerciendo la misma insistencia.

VIII. Raíz de Tlaxcapán

Al final de la entrevista, Amariza da una instrucción concreta. No pide comprensión ni simpatía. Pide una acción específica y alcanzable:

“Que nos puedan seguir en la página de Facebook de Raíz de Tlaxcapán por la defensa del territorio de Epazoyucan y Singuilucan. Estamos un poco entorpecidas con el proceso de subir contenido, pero ya nos estamos poniendo las pilas para hacerlo. Nos serviría mucho que nos sigan, que nos difundan, y que estén pendientes de lo que pasa por allá.”

La honestidad del inciso —“estamos un poco entorpecidas”— dice algo sobre el tipo de organización que resiste frente a una transnacional con permisos de la CRE, autorizaciones de SEMARNAT y adjudicaciones de 440 megavatios. No es una organización con equipo de comunicación, con presupuesto para visibilidad, con acceso a las mismas plataformas que sus adversarios. Es gente que conoce el territorio, que lo quiere, que intenta seguirlo nombrando mientras las instituciones lo van borrando de sus mapas útiles.

La Ley para el Manejo Sustentable del Maguey del Estado de Hidalgo fue reformada en mayo de 2024. Las nuevas facultades otorgadas a la Secretaría de Agricultura —control estadístico del cultivo, asesoría técnica a productores— son un avance formal insuficiente ante la presión especulativa sobre el suelo. Ese mismo año, productores de Epazoyucan ingresaron una iniciativa ciudadana para que su labor como tlachiqueros sea reconocida dentro de la Ley Federal del Trabajo, argumentando que la legislación actual no alcanza para detener la devastación del “Agave Salmiana” por actividades como la extracción de mixiote, la barbacoa y la expansión de otros usos agrícolas o industriales. La Ley existe desde 2011; su aplicación, como demuestra este conflicto, no es automática.

IX La semilla que no se escribe

“Devenir-Maguey” es una exposición que dura un día. El magueyal de Santa Mónica lleva siglos.

La economía del tiempo entre ambos es inconmensurable: por un lado, una empresa transnacional con permisos de 30 años, con capital suficiente para sostener la espera y el litigio, con razones sociales que se multiplican y se disuelven según convenga; por otro, una artista de 26 años que lleva diez gestando proyectos sobre la memoria de una bisabuela hierbera que murió sin que nadie registrara lo que sabía.

La exposición no pretende ganar ese pleito en términos jurídicos. Pretende otra cosa, más difícil de medir y más duradera si sucede: instalar en quien la visita el gesto que Amariza lleva practicando desde niña, cada fin de semana, en el monte de Epazoyucan. Acercarse al maguey, notar su peso, su tiempo, la humedad que guarda en la raíz cuando todo lo demás está en apariencia seco. Prestar atención, en el sentido que Anna Tsing le da a esa práctica: como acto político de reconocimiento de una vida que la clasificación burocrática prefiere ignorar.

“El matorral no es infértil —dice Amariza—. Sino que el estado nombra el territorio como árido e infértil desde una posición de poder, desde una postura de desprecio, como si no hubiera nada ahí.”

El matorral no es infértil. Infértil es el sistema que lo arrasa.

Quiote, fotografía realizada en Jalapilla, Hidalgo del magueyal de la familia Otamendi.. El quiote es el tallo floral del maguey: surge tras años de maduración y marca el último ciclo vital de la planta antes de su muerte. En Devenir-Maguey. Memorias del magueyal en Santa Mónica, Epazoyucan, su verticalidad aparece como registro de un territorio que el discurso oficial ha reducido a “suelo infértil”, pese a sostener biodiversidad, cultura pulquera y formas comunitarias de vida amenazadas por proyectos solares industriales sobre más de 1,200 hectáreas del matorral semiárido hidalguense.

El gobierno estatal fijó el plazo para que Akuwa Solar inicie obras: antes de julio de 2026. El ejido de Santa Mónica no ha definido su postura colectiva. El municipio de Epazoyucan no otorgará licencias de construcción sin esa postura. La asamblea tendrá que reunirse. Esa reunión, al cierre de este texto, no ha ocurrido.

Amalia Ortiz supo durante 110 años qué hacían esas plantas con los cuerpos que se les acercaban. Ese saber no está escrito en ningún expediente.

EXPOSICIÓN Título: Devenir-Maguey. Memorias del Magueyal en Santa Mónica, Epazoyucan Artista: Amariza Vera Montiel Espacio: Taller 36 — Gobernador Ignacio Esteva 54, San Miguel Chapultepec I Secc., CDMX (Metro Constituyentes) Fecha: 3 de junio de 2026, único día, 12:00 a 19:00 horas Acceso: Libre


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