El 18 de mayo de 2026, la Flotilla Gaza 2026 fue interceptada en aguas internacionales del Mediterráneo por fuerzas israelíes. Más de 420 activistas de 44 nacionalidades —a bordo de 52 veleros— fueron detenidos, esposados y trasladados al puerto de Ashdod. Entre ellos, Sol González Eguia: activista con 30 años de trayectoria en zonas de guerra y comunidades en resistencia, que volvió a embarcarse tras haber formado parte de la primera misión en septiembre de 2025.
Esta nota recoge su testimonio y el de otros participantes de la Flotilla Global Sumud: la detención de los 10 de Sirte en Libia, las condiciones de reclusión en la prisión de Ketziot, el adoctrinamiento de los soldados que los interceptaron, y la práctica del Sumud —perseverancia colectiva— como única respuesta posible ante un sistema diseñado para destruir la empatía.
Al final, el frente no está solo en el mar. Está también en México, en las universidades, en los domingos de El Ángel, en la decisión de no abrir una lata de refresco.
Sol González Eguia: volver a Gaza para romper el silencio | Flotilla Global Sumud – El Giro de la Rueda

Por Laura Quintero y Kino Balu
LA GEOGRAFÍA DEL CERCO
El mar Mediterráneo no es una frontera natural; es una zona de impunidad diseñada para externalizar la violencia. Lo que ocurrió en mayo de este año fue la ejecución coordinada de un sistema que ha convertido el derecho internacional en una ficción. La Flotilla Global Sumud —420 activistas de 44 nacionalidades, 52 veleros— no fue interceptada por un Estado en defensa de su soberanía. Fue secuestrada por un ejército que opera con la anuencia de la OTAN, la complicidad de la Unión Europea y el silencio de las instituciones que deberían proteger a las víctimas.
El cuerpo que recuerda:
Sol González Eguia no es una activista más. Es una mujer con una trayectoria que la colocó en el centro del conflicto. Lleva 30 años trabajando en comunidades y zonas de guerra, con una red de apoyo familiar que le permitió volver a embarcarse tras la primera misión de septiembre-octubre de 2025. Su testimonio no es una crónica de victimización; es un mapa de cómo la empatía se convierte en acto político en condiciones diseñadas para destruirla.
Los 10 de Sirte y la extensión terrestre del asedio:
Mientras Sol y los demás activistas eran interceptados en el mar, el convoy terrestre Global Sumud Land era detenido el 24 de mayo de 2026 cerca de Sirte, Libia, por las Fuerzas Armadas Árabes Libias (LAAF), vinculadas a Khalifa Haftar. Entre los detenidos se encontraban médicos, educadores, periodistas— permanecieron 30 días en un sitio secreto no oficial controlado por la Agencia de Seguridad Interna (ISA), sometidos a interrogatorios intensivos, obligados a firmar documentos con los ojos vendados y sosteniendo una huelga de hambre “seca” —sin ingerir comida ni agua— que llevó sus cuerpos al límite. Su liberación el 24 de junio fue un acto el resultado directo de la presión de las familias, las organizaciones sociales, políticas, sindicales y humanitarias que exigieron “aparición con vida”.
El soldado adoctrinado:
El soldado israelí que apuntó su arma a Sol en el velero no es un individuo; es el síntoma de una formación psicológica de Estado. Cuando el velero emitió un pitido intermitente por una falla mecánica, el soldado gritó: “¿Dónde está la bomba? ¿Dónde está la bomba?”. Sol le respondió que no había bombas, pero él oía el pitido y repetía: “Pues vamos a volar”. En ese momento, Sol comprendió que el soldado no estaba actuando; estaba creyendo. Genuinamente creía que iban a explotar el barco con todos a bordo.
“Es que lo cree. No es solo un discurso hacia fuera. Hay un nivel de adoctrinamiento muy profundo donde incluso yo pensaba en ese momento: Pues esto no es Hollywood. O sea, yo estoy segura, yo no sé nada, yo no soy militar, pero estoy segura que si va a explotar una bomba no te avisan. Eso pasa en las películas, pero no en la realidad. Pero ellos así lo viven. Entonces para mí fue muy sorprendente, porque una cosa es usar un discurso y otra cosa es creerlo profundamente. Y ellos iban auténticamente preocupados de que voláramos en pedazos.”
Esta no es una anécdota menor; es la descripción de un sistema que ha convertido a sus soldados en creyentes de una paranoia colectiva, donde el miedo irracional justifica la violencia que el propio Estado ha ordenado.
Los compas del cuidado:
En el centro del conflicto no están los captores, sino los compañeros anónimos que sostuvieron la humanidad en condiciones diseñadas para destruirla. El compañero que, en la fila de la tortura, arriesgándose a ser golpeado, extendió sus manos esposadas para tomar las manos de Sol. La mujer anónima que, en las posturas de castigo de rodillas, le acomodaba la sudadera y le daba palmadas en la espalda. El “portero” del contenedor que pasó tres días y tres noches abriendo y cerrando el plástico de basura que tapaba el marco de la puerta, para que no entrara el frío, sin quejarse, despertándose cada vez que alguien quería entrar o salir. Estos no son gestos heroicos en el sentido convencional; son actos de insubordinación política. En un sistema diseñado para castigar la empatía, mirar con compasión, dar la mano o tapar el frío del otro son actos de subversión concreta.
LA REPETICIÓN Y EL SITIO

La ilusión rota y la decisión de volver:
Tras la primera flotilla (septiembre-octubre 2025), interceptada en aguas internacionales, se anunció un acuerdo de paz y cese al fuego impulsado por Trump. Pero esa noticia, como suele ocurrir con Trump, nunca fue real. Sol observó que “la gente ante tanta ansiedad y tanto dolor elegimos naturalmente relajarnos ante una aparente buena noticia”, y eso hizo que Palestina desapareciera del panorama mediático. El compromiso, sin embargo, seguía siendo el mismo:
“Estamos hablando de un genocidio con la anuencia de Europa y muchos otros países. Y Palestina sola, entonces pues el compromiso sigue siendo el mismo. No somos inocentes en términos de que sabemos que no vamos a detener el genocidio como tal, pero sí creo que podemos poner en evidencia muchas de las injusticias y de las violaciones al derecho internacional. Y esa para mí es una tarea importante.”
La decisión de volver a embarcarse fue una suma de factores: la fortaleza física y psíquica recuperada, la experiencia de la primera misión, y una red de apoyo familiar dispuesta a sostenerla. Pero sobre todo, fue un acto de Sumud: la perseverancia que no busca el éxito individual, sino contribuir a un proceso largo que eventualmente vencerá.
El secuestro (mayo 2026):
La segunda flotilla fue interceptada alrededor del 18 de mayo de 2026 en aguas internacionales del Mediterráneo por fuerzas israelíes. Más de 420 activistas de 44 nacionalidades fueron detenidos, esposados con bridas plásticas y esposas de metal durante más de 22 horas, y trasladados al puerto de Ashdod. Sol permaneció tres días en detención antes de ser deportada el 21 de mayo de 2026 a través del aeropuerto de Ramón, junto con los demás activistas.
Simultáneamente, el 24 de mayo, el convoy terrestre Global Sumud Land era interceptado cerca de Sirte, Libia. Los 10 activistas permanecieron 30 días incomunicados antes de ser liberados el 24 de junio de 2026.
La maquinaria de la tortura:
En la prisión de Ketziot, en el desierto del Néguev, la violencia fue deliberada y diseñada para destruir la dignidad. Sol describió las posturas de castigo: de rodillas, con la cabeza apoyada en la espalda de la compañera de atrás, sin poder ver quién era, pero sintiendo cómo le acomodaba la sudadera y le daba palmadas en la espalda.
“En un momento de tanto dolor, de tanta incertidumbre, pues son acciones que te recuerdan que eres un ser humano, que eres digno de ser protegido o apapachado por otra persona y que existes.”
El testimonio complementario de Violeta Núñez precisa la escala de la violencia: desnudos forzados (parcial y total), uso de pistolas Taser y balas de goma durante el secuestro, golpizas frente a otros detenidos, violencia específica de género —arrancar el hiyab, desnudar, acosar sexualmente—. Violeta documentó más de 50 violencias en una bolsa de avión cuando nadie le proporcionó papel. “Nadie les había dado papel”, escribió. “Eso también es un dato: cuando lo que ocurrió no debía poder contarse, empezaron por no dar con qué”.
La liberación como triunfo de la trinchera externa:
La liberación de los 10 de Sirte el 24 de junio fue el resultado de la presión sostenida de las familias y las organizaciones sociales que exigieron “aparición con vida”. La Flotilla Global Sumud declaró que “la flotilla no podía avanzar a lo que sigue sin tener a todas las y los compañeros libres”. El movimiento declaró que sus esfuerzos de movilización global se reenfocarían de inmediato en la situación de los prisioneros políticos palestinos y en las campañas para exigir el fin del asedio en Gaza.
LAS CAPAS DEL CONFLICTO

La vacuidad del Derecho Internacional
Lo que ocurrió en mayo de 2026 no fue solo una violación del derecho internacional; fue la demostración de que ese derecho ha sido vaciado de contenido para proteger al victimario. Israel interceptó la segunda flotilla. Las facciones libias, bajo presión egipcia, detuvieron el convoy terrestre. Todos operaron como brazos ejecutores de un bloqueo que no reconoce aguas internacionales ni soberanías africanas.
El equipo jurídico de la Flotilla Global Sumud ha enviado comunicaciones formales para exigir responsabilidades por violaciones al Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP) y la Carta de Derechos Humanos y de los Pueblos ante el Grupo de Trabajo de la ONU sobre la Detención Arbitraria, el Relator Especial de la ONU sobre los Defensores de los Derechos Humanos, y la Comisión de la Unión Africana. Pero estas denuncias operan en un vacío jurídico: no hay mecanismo de cumplimiento forzado, no hay tribunal que pueda obligar a Israel, Grecia o Libia a responder. El derecho internacional solo funciona cuando los Estados deciden cumplirlo, y esa decisión, aquí, no existe.
El adoctrinamiento y el castigo a la empatía
El soldado que teme al pitido del velero es el síntoma de un Estado que ha convertido a sus soldados en creyentes de una paranoia fabricada. Sol lo dijo con claridad:
“Ellos creen que somos Hamas, ellos creen que llevamos bombas en el cuerpo y que nos vamos a volar en pedazos, lo creen.”
Esta no es una justificación para la violencia; es un adoctrinamiento que ha eliminado la capacidad de distinguir entre la realidad y la fantasía construida por el Estado.
Pero lo más perverso no es solo el adoctrinamiento de sus soldados; es el castigo ordenado de la empatía. Sol observó que:
“Castigan muy fuertemente cosas como darle la mano a alguien, ayudar a alguien, mirar a alguien compasivamente. Eso les asusta mucho, les impone, les preocupa. Y hay un gran castigo de la empatía, o sea, ahí no hay permiso de ser compasivo con nadie. Y todas sus acciones van dirigidas hacia allá, hacia provocar en la gente una o sea, como de sálvese quien pueda y romper la humanidad de las personas.”
Sin embargo, no lo lograron. En el contenedor helado, en la fila de la tortura, en el patio de la prisión, los activistas mantuvieron la empatía. Un día, cuando los soldados disparaban balas de goma a directo al cuerpo, los compañeros musulmanes invitaron a rezar con ellos. Se llenó el patio de gente rezando. Sol observó a los soldados apuntando y a punto de disparar, pero:
“Vi como mientras la gente rezaba, bajaron las armas y se quedaron viendo. Como pues también impactados por lo que estaban observando. Entonces no sabían qué hacer con eso.”
La empatía, el cuidado mutuo, la oración colectiva: todo eso es lo que el sistema más ataca, más castiga y más le preocupa. Y es lo único que, en el patio de Ketziot, detuvo las armas.
El concepto de Sumud

Sumud significa perseverancia. Pero no es una perseverancia pasiva; es una estrategia de desgaste del opresor. Sol recordó la capacitación de Thiago Ávila, donde ponía el ejemplo de Gandhi: los indios se ponían en fila frente al ejército británico, los golpeaban y los lastimaban, los quitaban, y venía una fila más, y una fila más, y una fila más, hasta que vencieron al ejército británico.
“Esa es la idea. Para mí esa es la Sumud también. No se trata de un éxito personal, se trata de contribuir a algo que eventualmente va a pasar. Y entonces eso les decía yo en el barco: Pues igual no somos nosotros los que lleguemos a Gaza y pisemos Gaza y abracemos a la gente, pero es una fila más que está debilitando a un sistema racista y genocida. Y eventualmente va a pasar aunque no seamos nosotros. Y eso también es parte de la Sumud.”
El éxito de la Flotilla Global Sumud no se mide por si llegó a Gaza o no. Se mide por si puso el tema en la agenda pública, por si evidenció las violaciones al derecho internacional, por si mantuvo la dignidad humana en condiciones diseñadas para destruirla.
La jerarquía global del dolor: El uso estratégico del privilegio
Uno de los hallazgos más incómodos del testimonio de Sol es la denuncia del racismo que gobierna la empatía global:
“Desgraciadamente vivimos en un mundo muy racista y la gente reacciona cuando los que son torturados son blancos europeos. Desgraciadamente. Pero esa es también parte de la intención de la flotilla. Son la gran mayoría de la flotilla son blancos europeos y está bien. Eso es lo que toca, usar el privilegio de la persona blanca europea para poner en evidencia lo que está pasando. Y la gente se indignó porque eran blancos europeos. Pero eso ha permeado a pues esto le hace a los palestinos y lo venimos diciendo desde hace un montón de tiempo y no nos creían. Y ahora es como: ‘Ah, pues puede ser que sí. Puede ser que sí sean lo que dicen que son’. Entonces, creo que se les quitó un velo. Y eso es importante, porque entonces la gente empieza a dudar menos.”
Sol no juzga esta dinámica; y expone como esa jerarquía global de las vidas que importan. La indignación internacional se activó cuando las imágenes de la tortura llegaron a Europa. Georgia Meloni (Italia) calificó la detención de “inaceptable”. José Manuel Albares (España) la llamó “monstruosa e indigna”. Mike Huckabee (EEUU) dijo que Ben Gvir “traicionó la dignidad de su nación”. Hadja Lahbib (Comisaria europea de Igualdad) emitió una condena explícita. Los cuerpos de 44 nacionalidades tenían las mismas marcas, pero la indignación solo llegó cuando los torturados fueron visibles para el privilegio blanco.
Sol González Eguia: La empatía como insubordinación

Sol González Eguia habló con la calma de quien ha presenciado la violencia repetirse y ha aprendido a nombrarla sin perder la fe en la resistencia. Su testimonio no es una crónica de victimización; es un mapa de cómo la empatía se convierte en acto político en condiciones diseñadas para destruirla.
“En la cárcel, cuando nos ponían en estas posturas de castigo, de rodillas, que había que poner la cabeza enfrente en la espalda de la compañera mientras estábamos de rodillas, me acordé mi compañera de atrás, que no tengo idea de quién fue, porque nunca la pude ver, no se nos permitía. Me acomodaba mi sudadera, me hacía así en las piernas, me daba palmadas. Y en un momento de tanto dolor, de tanta incertidumbre, pues son acciones que te recuerdan que eres un ser humano, que eres digno de ser protegido o apapachado por otra persona y que existes. Básicamente. Entonces, de eso un montón de acciones. Te puedo decir que en el contenedor, en el campo de concentración, hacía un frío tremendo, y entonces nos tenían en unos contenedores de estos como de mercancía, y tenían una puerta, una entrada que no cerraba, no había puerta, estaba el marco nada más. Entonces entraba mucho frío, era muy húmedo. Y pues dormíamos en la lámina, además nos mojaban para que tuviéramos más frío. Y entonces alguien consiguió plásticos de la basura para tapar los marcos y que no entrara tanto frío. Y lo pegaban con masking, entonces arrancaron pedacitos de masking para pegar los plásticos y tapar. Pero pues apenas lo tocaba se caía la cosa. O sea, un cuate en mi contenedor decidió que iba a hacer el portero, y estuvo tres días y tres noches abriendo el plástico y cerrándolo para que no se cayera y no pasáramos frío. Y cada vez que alguien quería entrar o salir, él, sin quejarse ni nada, se despertaba, abría el plástico, lo volvía a pegar. Son cosas no espectaculares, pero son cosas que te hacen toda la diferencia. Cederle el lugar a alguien para que se sentara porque no había lugar suficiente para sentarse y que pudiera descansar, y mientras tú caminar un par de horas hasta que descansara alguien. Esas cosas no lograron arrebatarlas.”
EL FRENTE

La resistencia no ocurre solo en el mar o en el desierto; ocurre también en las aulas, en las universidades, en las calles de México. Sol González Eguia lo dice:
“Hay que romper relaciones con Israel desde lo educativo, lo económico, en fin. Yo, por ejemplo, tengo un gran pendiente con mi universidad, que es la Iberoamericana, y estoy a punto de ir a armar un pancho porque pues hay convenios, hay contratos con universidades israelitas que no pueden seguir.”
Las dos tareas concretas en México:
1. Firmar la campaña para solicitar al gobierno mexicano la ruptura de relaciones con Israel. Necesitan juntar un número determinado de firmas antes de septiembre de 2026. No pueden ser electrónicas; tienen que ser físicas. En la Ciudad de México, en El Ángel, todos los domingos están los compañeros recabando firmas. También en Plaza Palestina. Cada estado tiene una organización pro Palestina que está recabando firmas.
2. La campaña BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones). Dejar de comprar y consumir productos que financian el genocidio en Gaza. Sol lo dijo con honestidad:
“Es muy fácil, y no tanto, es incómodo. Yo entiendo que los chavos ahora usan Spotify, pues por lo menos que se enteren que Spotify da dinero para matar niños y que tomen su decisión. Yo tengo amigas que los hijos lo saben y dicen ‘pero pues es que todos mis amigos usan Spotify’, se intercambian las carpetas de música y tal, pero el acuerdo es ‘bueno, mamá, yo voy a trabajar para pagármelo’. O sea, no te va a pedir que tú me lo pagues porque pues sé que esto está mal.”
Sol no juzga a quien no puede dejar todo de una vez:
“Yo no digo que dejen todo de una vez, pero si se pueden dejar cosas, y se pueden dejar de comprar y además beneficiar empresas locales, pues está bueno, no hay que hacer el esfuerzo. Por ejemplo, yo soy una gran adicta a la Coca-Cola, pues ya llevo un año sin tomar Coca-Cola. Y pues ni modo, todos los días se me antoja una Coca-Cola y digo ‘pues no, porque hay niños que se están muriendo’. Pues me cuesta un montón. Es una tarugada, pero me cuesta un montón. Hay que hacer esfuerzos incómodos también. Y luego si te tomas la Coca-Cola tampoco es que te vamos a quemar en la plaza pública. No es así. Es más bien la conciencia de qué estamos consumiendo y qué implicaciones tiene eso, y asumirlo nada más.”
La prohibición de entrada a miembros del IOF:

“Cualquier persona que haya sido miembro del IOF, es decir, del ejército israelita, debería tener prohibida la entrada a este país porque son conocidas. Porque si tú estuviste en el mataste niños en Gaza, punto. No tienes derecho a entrar a este país. Hay que exigir eso. También por nuestra propia seguridad. O sea, sabemos como en Chiapas están lavándose la cara, jugando con niños en las escuelas en Zinacantán. O sea, no puede ser. Eso se tiene que parar.”
Los convenios estatales con empresas israelíes:
“Los convenios que están haciendo los estados con empresas israelíes tienen que disolverse. Y hay cosas mucho más graves: el agua, el territorio. Es que están en riesgo. Estamos en riesgo, ya están aquí.”
El gobierno mexicano tendrá que decidir si los convenios con empresas israelíes —que tocan el agua y el territorio— son compatibles con la política exterior que declara. Esa decisión no se ha tomado.
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