LA FERIA DE LO QUE SOMOS

LA FERIA DE LO QUE SOMOS


En Xalamelco, comunidad nahua de la Sierra Alta de Hidalgo, los Galerianos de Xalamelco llevan más de una década demostrando que el territorio vale, sobre todo, lo que tiene encima: milpa, agua, conocimiento, vida organizada. Frente al yacimiento de manganeso más grande de Norteamérica —operado por la Compañía Minera Autlán bajo concesiones otorgadas sin consulta previa, libre e informada— esta comunidad construyó una forma de resistencia que no cabe en ningún expediente judicial: una feria anual donde se exhiben cucharas talladas, tamales de xala, flores del cerro impresas en manta por las niñeces del pueblo.

Esta es la crónica de la Novena Feria por la Salud y la Vida: cómo Radio Huayacocotla alertó a la comunidad antes de que fuera tarde, cómo un delegado “amaizado” perdió frente a una asamblea, cómo un nombre puesto para herir se convirtió en identidad colectiva, y por qué la suspensión judicial que hoy protege a Xalamelco es un paréntesis, no una solución.

Crónica desde Xalamelco, Sierra Alta de Hidalgo

Este trabajo está dedicado a Las y los Galerianos de Xalamelco, Hidalgo, mujeres y hombres que sostienen, con organización comunitaria y trabajo colectivo, la defensa de su territorio y de la vida que lo habita.

Xalamelco: Nueve Ferias Contra la Mina El Giro de la Rueda

Conducción: Laura Quintero
Guion y entrevistas: Kino Balu
Asesoría: Illiria Gómez Martín

Agradecimientos:
A Las y los Galerianos de Xalamelco, por abrir su comunidad, su historia y su palabra para la realización de este documental sonoro.

Por Kino Balu

“Xalli”: arena. “-Co”: lugar donde algo ocurre, donde algo permanece. Xalamelco: el lugar donde la arena guarda agua, donde los escurrimientos de la sierra depositan lo que traen desde arriba y lo sostienen sin que nadie lo vea. Un nombre que no describe un paisaje sino un proceso: la acumulación silenciosa, la riqueza que vive debajo de lo que se pisa. Alguien, hace mucho, antes de que hubiera leyes mineras ni gacetas oficiales ni empresas con concesiones de cincuenta años, miró este pedazo de sierra en Hidalgo y le puso un nombre que era también una advertencia. Lo que guarda la tierra aquí no es tuyo porque lo quieras.

Se llega a Jalamelco por el entronque que sale de Molango hacia Xochicoatlán. El cartel que indica el desvío dice: Mina Vieja. Cuatro kilómetros después está la comunidad. El camino te lleva a la iglesia del pueblo.

Es sábado 27 de febrero y en Xalamelco se organiza la Novena Feria por la Salud y la Vida. En un rincón, un trío afina instrumentos mientras prueba acordes que se mezclan con el murmullo de quienes van llegando y el sonido de las bandas que tocan desde el cercano atrio de la iglesia. Una compañera galeriana acomoda frascos de mermelada casera sobre un mantel blanco, alineados con cuidado, como si cada frasquito sellara también una historia de cocina y cosecha.

Un grupo de jovencitas acomoda sobre otra mesa cucharas talladas y canastas tejidas a mano. Su valor no responde a un catálogo externo sino a la lógica del intercambio cercano, al reconocimiento entre quienes saben de dónde viene cada pieza y quién la hizo.

De pronto, niños y niñas irrumpen corriendo, como si alguien hubiera dado una señal que yo no alcancé a escuchar. Se dispersan entre los puestos, curiosean, tocan, preguntan. La feria nos recibe con un arco elaborado con paciencia por las y los Galerianos. No es solo un umbral decorativo: es un gesto colectivo que anuncia cuidado, organización y pertenencia. Bajo ese arco circula una energía compartida que transforma el espacio abierto en comunidad reunida.

Arco de Bienvenida a la 9nva. Feria por la Salud y la vida en Xalamelco | Foto: Kino Balu

El nombre que era una advertencia: Xalamelco y el Distrito Manganesífero de Molango

Hay una paradoja que Jalamelco arrastra desde antes de que sus habitantes tuvieran que nombrarla. El propio nombre, “Xalamelco”, remite a la arena que guarda agua, al subsuelo que acumula, a la riqueza sedimentada por siglos de escurrimientos serranos. La geología aquí no es un dato técnico: es identidad, memoria mineral, explicación del paisaje.

Esa misma condición geológica que da sentido al nombre permitió que, a unos kilómetros de distancia, la Compañía Minera Autlán operara el yacimiento de manganeso más grande de Norteamérica. Ciento veinticinco mil hectáreas integran el Distrito Manganesífero de Molango, el único depósito de este tipo en el continente.

Ciento veinticinco mil hectáreas incluyen cerros, milpas y caminos; abarcan los lugares donde el agua aflora aunque los documentos empresariales indiquen lo contrario. El cerro forma parte de esas hectáreas. La milpa también. Los manantiales, aunque no figuren en los estudios técnicos, siguen ahí.

El territorio no es una superficie delimitada en planos: es tierra caminada, sembrada y habitada.

La tierra de Xalamelco lleva su promesa en el nombre. Y hay quienes llevan décadas intentando cobrarla.

Deyo

Xalamelco | Foto: Kino Balu

El compañero Desiderio Villegas Bautista habla despacio. Elige cada palabra como quien mide el terreno antes de sembrar: sin prisa y sin excedentes. Su mirada serena completa lo que la voz apenas sugiere; el relato termina de dibujarse en sus ojos.

Ha contado esta historia muchas veces. La vuelve a contar con la misma paciencia y claridad de la primera vez. No es una historia con final, sino un proceso que continúa. El desenlace sigue sin escribirse y la narración permanece abierta, sostenida en el tiempo y en la memoria.

Radio Huayacocotla: la alerta que llegó por la única vía que podía llegar

Hay una frecuencia que desde 1965 atraviesa la sierra como el agua atraviesa la arena: sin anunciarse, sin pedir permiso, depositando lo que trae. Radio Huayacocotla —La Voz Campesina, el 105.5 FM— nació en la Sierra Norte de Veracruz como proyecto de alfabetización por radio, en los años en que leer era todavía un privilegio de geometría desigual. Con el tiempo dejó de ser solo un aula sin paredes y se convirtió en algo más difícil de categorizar: un espacio de encuentro, un archivo vivo, una red de confianza que hoy transmite en náhuatl, otomí, tepehua y español para comunidades de Veracruz, Hidalgo y Tamaulipas. Habla de derechos humanos, de migración, de salud, de economía solidaria. Habla, sobre todo, con quienes el resto de los medios no habla sino sobre quienes habla.

Para las y los Galerianos de Xalamelco, Radio Huaya no es una fuente de información externa. Es parte de la historia de su propia existencia como colectivo.

Fue Radio Huaya quien alertó a Desiderio Villegas que en la Gaceta Oficial de Semarnat había aparecido la solicitud de Autlán para explorar el cerro. Ese aviso —que llegó por la única vía que podía llegar, porque ningún habitante de Jalamelco tiene acceso cotidiano a los diarios oficiales de la Federación— fue el origen de todo lo que vino después: el escrito a Semarnat, la respuesta que detuvo el proceso, los años de organización, la feria, el amparo. Sin esa llamada, el proceso habría avanzado en silencio. Sin nombre. Sin oposición registrada.

Pero Radio Huaya no solo alertó. Acompañó. Fue a través de un diplomado sobre derechos humanos organizado por la radio que Desiderio, sentado entre otros asistentes, escuchó la frase que él mismo recuerda como el momento en que algo hizo clic: “Para defender el territorio necesitas conocerlo.” De ahí salió al monte. Encontró bejucos. Empezó a hacer artesanías. “De la inquietud estaba desde más antes, pero ahí fue cuando dije: ‘Pues qué bueno, ¿no?” Y fue en una conversación telefónica con Mónica, de Radio Huaya, que surgió el nombre de la feria. “No sé si a ella se le ocurrió o a mí, pero hay que hacer una feria. ¿Cómo le llamamos? Pues de la salud y la vida, le digo, porque la salud por el Señor de la Salud.”

Ese nombre, dicho entre dos personas por teléfono, lleva nueve años convocando a Jalamelco cada febrero.

La Feria por la Salud y la Vida

Feria por la Salud y la Vida, Xalamelco | Kino Balu

En la Novena Feria por la Salud y la Vida, Mónica y Karen —colaboradoras de Radio Huaya— están presentes desde un día antes. No como observadoras sino como parte del tejido que sostiene la jornada. Su presencia tiene el peso específico de quienes llevan años acompañando sin sustituir, apoyando sin dirigir, que es la forma más difícil y más necesaria del acompañamiento. Son quienes, desde la radio, han difundido las demandas de los Galerianos hacia el exterior de la sierra, quienes han articulado la voz de Jalamelco con la de otras comunidades nahuas, otomíes y tepehuas que enfrentan conflictos similares en la región. Quienes han hecho posible que esta historia, como dice Illiria Gómez, sea un poco menos pequeña cada año.

La Palabra Alcanza Lejos

La radio alcanza también a quienes ya no están en el territorio. A través del 105.5 FM y del streaming, La Voz Campesina llega a los migrantes que salieron de estas sierras y hoy viven en Pachuca, en la Ciudad de México, en el otro lado. Para ellos, escuchar Radio Huaya es escuchar el náhuatl de sus madres, el tepehua de sus abuelos, la voz de alguien que habla de su tierra no como un lugar que se dejó atrás sino como un lugar que sigue ahí, que sigue siendo suyo, que los necesita aunque ellos ya no estén. Mimi lo sabe:

“Muchos paisanos de aquí de la comunidad, pero que viven en México, en Guadalajara, en otros estados, vienen de visita y para nosotros es importante que aunque ya no vivan aquí, pero que defiendan su comunidad, porque es la comunidad que los vio nacer.”

La radio puede ser el hilo que los mantiene unidos a esa obligación afectiva. Un medio capaz de convertir la distancia en proximidad, de atravesar cerros y ciudades para sostener un vínculo que no se rompe con la migración.

En un cuarto de renta en la Ciudad de México, alguien puede escuchar que en Jalamelco hay una feria este febrero; que entre tamales de xala y flores golpeadas contra la tela se conversa, se acuerda y se decide si la minera entra o no entra. La señal viaja, pero lo que transmite es pertenencia.

“En una gaceta donde ni siquiera nosotros tenemos acceso a ese tipo de medios, ¿qué va a estar sabiendo de la gaceta oficial? Sino que por suerte que ahí en Huaya nos informaron que había salido eso.”

Un expediente que no entiende el cerro

El documento describía una operación de tres o cuatro meses. Exploración, resultado positivo, extracción del manganeso, retiro. “Como si nada hubiera pasado.” Era, dice Desiderio Villegas, “un resumen. Pero un buen bonche de hojas, puras hojas en donde uno no le entendía, puros cuadros, números.” Y mentía en algo verificable: afirmaba que en tiempo de sequía no existían corrientes permanentes en la zona de interés. La comunidad conoce el nombre de cada parte del cerro. Sabe dónde hay agua aunque no llueva.

“Si nosotros acá conocemos que el lugar el chato tal. Hemos nacido aquí, sabemos qué lugares son y precisamente sabemos que el lugar es chatalero donde hay mucha agua. Entonces, ¿cómo va a ser posible que nada más en tiempo de agua?”

Respondieron por escrito a Semarnat. Con el conocimiento que no cabe en ningún cuadro ni en ningún número: el conocimiento de quien nació aquí y sabe cómo llueve y por dónde escurre y en qué lugares la arena guarda lo que el cerro acumula. La Semarnat detuvo el proceso. Pero detener no es cancelar.

Cómo “amaizaron” al delegado y la comunidad ganó esa tarde

En 2015 la empresa volvió por otra puerta. No la de la Gaceta Oficial sino la del delegado municipal, que produce resultados distintos a los de la asamblea comunitaria. “Ellos parte de su maña es irse con los líderes o con las autoridades, pero no se van con la gente. Nunca quieren asambleas.” Al delegado lo habían “amaizado” de antemano. Los representantes de Autlán hablaron bonito del territorio, del medio ambiente, de la responsabilidad social.

“Ahí se hablan bien bonito, ¿no? Que van a defender el territorio, que son, le hacen bien bonito. Y nosotros ya sabemos que son mañosos, dijimos: no los queremos acá, no los queremos.”

El delegado se salió con ellos. La comunidad ganó esa tarde.

De galera prestada a espacio de resistencia: el origen del nombre Galerianos

Feria por la Salud y la Vida, Xalamelco | Kino Balu

Primero fue el salón parroquial. Llegaron a hacer el rosario y encontraron cinta canela en la entrada. Se fueron al atrio. El atrio se cerró con cerco de alambre. Pasaron a la calle, bajo un toldo prestado. Hasta que un vecino llamado Tacho les facilitó una galera: estructura sencilla, sin paredes completas, del tipo que se levanta cuando no hay más. Una señora del pueblo los llamó “galerianos” desde la acera de enfrente, con la intención de ridiculizarlos. Antes ya circulaba el comentario de que tenían “su carpa de circo”, que a ver cuándo se caía.

El nombre se quedó. Los años lo vaciaron del desprecio original hasta dejar solo la sustancia: personas que se reúnen en una galera a defender lo que es suyo.

Mostrar el territorio para defenderlo

Noemí Ramos Pérez, Mimi, lo explica con la claridad de quien ha repetido esta idea hasta convertirla en convicción:

“Lo sabemos nosotros porque vivimos aquí, pero la gente que viene de fuera no sabe la riqueza que hay en la comunidad. O sea, ellos solo vienen porque les gusta el paisaje, porque vienen a ver al Señor de la Salud, pero nada más. Entonces, para nosotros es muy importante que conozcan la esencia de Jalameco, no solo sus paisajes son bonitos, hay algo más allá. Que debemos de cuidar, que debemos de rescatar.”

Mimi nació aquí. Se fue ocho años —estudios, matrimonio, la vida que pide ser vivida en otro lado— y regresó justo cuando la comunidad se partía sobre la pregunta de si la minera debía entrar. No eligió un bando de entre los que se confrontaban. Eligió una tercera vía que no era neutralidad sino política en otro registro: mostrar.

 “Nosotros pues tuvimos que buscar diferentes maneras de defender. Y principalmente pues es esta manera, que es una manera pacífica de defender nuestro territorio, de resistir.”

La primera feria se realizó en un corredor prestado. Hoy, en su novena edición, se instala en un espacio a un costado del atrio de la iglesia, separado apenas por una pequeña calle. De un lado, el espacio de la devoción; al cruzarla, el espacio de la deliberación comunitaria. Para Mimi, esa cercanía no representa una tensión, sino una continuidad.

“Sería contradictorio que estemos aquí peleándonos y además defendiendo a Minera Autlán y hablando del Señor de la Salud. Cuidar la salud es cuidar la vida, cuidar la tierra, cuidar la naturaleza. Esa es también nuestra forma de venerar al Señor de la Salud: cuidar toda la creación que papá Dios nos ha dado.”

La feria como contrapropuesta: tamales de xala, cucharas talladas y soberanía alimentaria

Feria por la Salud y la Vida, Xalamelco | Kino Balu

Donde la Compañía Minera Autlán identifica un yacimiento de manganeso, los Galerianos reconocen milpa. Donde la Ley Minera de 1992 establecía la “utilidad pública preferente”, la feria coloca en el centro la soberanía alimentaria. Donde los documentos oficiales hablaron de tres meses de exploración y retiro “como si nada hubiera pasado”, las y los Galerianos sostienen, año tras año, que aquí pasa algo de manera permanente: se produce, se cuida, se defiende y se celebra.

Contra esta historia de desplazamientos y cierres, la Feria por la Salud y la Vida es la contrapropuesta más radical que cabe imaginar porque es, también, la más cotidiana. No es una marcha. No es un pliego petitorio. Es una mesa con tamales de xala, quesos locales, mermeladas, jarabes elaborados por un compañero del colectivo, cucharas talladas a mano, canastas, aretes de crochet, bordados. Es demostrar, cada año, que “Xalamelco” —el lugar donde la tierra guarda lo que el cerro deposita— produce vida antes de producir mineral.

Las miradas que llegan de fuera

Illiria Gómez Martín llega a Xalamelco desde la segunda feria. Viene de fuera y ha acumulado suficientes años de presencia para ver lo que quien vive adentro no siempre puede ver con distancia. Cuando le pregunto qué la trajo aquí la primera vez, la respuesta es precisa: Radio Huaya. Fue en un curso en Huayacocotla donde escuchó la historia de las y los Galerianos por primera vez, la problemática con la mina, y algo en ese relato la convenció de cruzar la sierra.

Es tallerista. Trabaja con niños y niñas, con comunidades, con el arte como herramienta de algo que va más allá del arte. Pero lo que más le sorprende de Jalamelco, lo que la hace volver cada año, no es lo que ella trae sino lo que encuentra cuando llega.

“A mí siempre me da en primera alegría, mucha alegría venir por acá. Es un festejo y creo que siempre que celebramos la vida, ellos convidan eso. Celebrar la vida, me llenan de esperanza, de saber que hay personas que se organizan, que se juntan, que no solo se juntan, sino que hacen cosas.”

Illiria dice esto con la convicción de quien ha visto suficientes luchas agotarse para saber distinguir las que tienen raíz profunda. Sabe lo que cuesta:

“Sabemos que hay pérdidas, sabemos que luego hay desánimo, que los tiempos no están siendo positivos para quienes defienden la tierra.”

Y luego, sin pausa, dice lo que para ella define a las y los Galerianos: que lo están logrando. No lo lograron, en pasado clausurado. No esperan lograrlo, en futuro hipotético. Lo están logrando ahora, cada año, cada feria, cada escrito a las dependencias de gobierno, cada martillazo de flor contra tela, cada misa en la galera.

Lo que Illiria ve desde afuera —y que las personas de adentro a veces no pueden ver porque están demasiado cerca, demasiado cansadas, demasiado ocupadas en que salga solito— es que Xalamelco es parte de un país invisible.

“La historia de los y las Galerianas quizás no es muy conocida, y pienso que así está el país, lleno de historias pequeñas que no conocemos. Y cuando encuentras una, pues es una alegría verla.”

Lo que Illiria llama historias pequeñas no lo son por su importancia sino por su visibilidad. Hay una invisibilidad que el poder produce de manera deliberada: mientras la Gaceta Oficial circula en formatos que las comunidades serranas no pueden leer, mientras los títulos mineros se transfieren sin notificar a nadie, mientras los juzgados federales no aplican los protocolos que ellos mismos tienen aprobados, la historia de Xalamelco permanece pequeña. La feria es, entre otras cosas, el intento de hacerla más grande. Y Illiria, al volver cada año, es parte de ese intento.

“No es sencillo, no es fácil. Pero les deseo que sigan con esta unión, que sigan trabajando, de verdad que son personas supercálidas, superentronas y ojalá las personas que nos escuchen también se inspiren de saber que existen estas mujeres y hombres que pues dan la vida por defender el territorio.”

El estampado botánico: flores del cerro impresas por las niñeces de Xalamelco

Feria por la Salud y la Vida, Xalamelco | Kino Balu

Sobre una mesa larga, Amariza extiende trozos de tela de manta pretratada con mordiente. Viene de Santa Mónica Oztotlatlahuaca, en Epazoyucan. Llegó a Xalamelco por invitación de una compañera, dentro de una red de personas que comparten conocimientos y recursos entre comunidades.

Participa en lo que nombra como “esta andanza de compartir con comunidades organizadas por la defensa de la vida”. La expresión define una forma de relación: no arribar para imponer saberes, sino para intercambiar; no colocarse como observadora externa, sino asumir presencia. Amariza lo ejerce con la práctica acumulada de quien entiende que el respeto por un territorio implica permitir que ese territorio también la transforme.

Su taller es de estampado botánico. La técnica consiste en tomar una flor fresca del cerro de Xalamelco, colocarla sobre la tela, cubrirla con papel encerado y golpearla con un martillo hasta que el color y la forma se transfieran a la superficie. La imagen resultante es irrepetible: corresponde a una flor determinada, recolectada en un sitio específico, en un momento concreto y bajo ciertas manos.

Por la mañana, antes de la llegada de las y los participantes, Amariza y el compa Xe salieron a recolectar. Eligieron flores de ese lugar, del territorio que la comunidad ha defendido durante más de diez años. Salir a buscarlas allí, utilizarlas allí y dejar su huella impresa allí vincula la técnica con el espacio. Lo que brota en ese suelo adquiere valor estético, pedagógico y político en el mismo acto de estamparse.

Las niñeces llegaron alrededor de las diez y media de la mañana y desde el inicio hubo un entusiasmo que no necesitó ser convocado. Cuando la mesa se llenó, algo ocurrió que Amariza describe con cuidado: el momento en que un taller deja de pertenecerle a quien lo diseñó.

“Había otros niños y otras niñas, sobre todo niñas pero también niños, que le enseñaban a otros niños nuevos que iban llegando, les explicaban de qué iba el taller, cómo se estaba haciendo la técnica, cómo ellos estaban resolviendo.”

Sin instrucción. Con sus propias palabras, sus propios descubrimientos, su propia autoridad recién estrenada.

“Se apropiaron del taller, se apropiaron de la técnica, se apropiaron incluso del discurso en torno a cómo se realiza esa técnica, y lo comunicaron desde sus formas, sus entendimientos y sus sensibilidades.”

Las flores de Xalamelco golpeadas contra la tela, el color que se queda, la imagen que permanece en algo que ahora puedes cargar contigo. Hay algo en ese gesto —tomar lo que crece aquí, dejarlo impreso, transmitirlo a quien llega después— que contiene en pequeño lo que la feria hace en grande. El conocimiento del territorio impreso en quienes lo habitarán después. La cultura como mordiente: aquello que hace que el color no se vaya con el primer lavado.

Cuando el taller formal terminó, después de más de cinco horas sin pausa, algo que Amariza no había planeado ocurrió de manera espontánea: las jóvenes del colectivo y algunos visitantes se sentaron en el pasto y el taller continuó en otro registro, más íntimo, más horizontal. Lo que Amariza se lleva de Xalamelco no es solo la satisfacción de un taller bien ejecutado. Es algo que describe con una honestidad que pocas veces escucho en quienes trabajan en estos territorios:

“Sobre todo fue pues mucha admiración hacia ellos y ellas, hacia sus formas de organizarse. Pues sí, como un honor que nos hayan recibido y que nos hayan considerado para compartirles un conocimiento.”

El honor es mutuo. Y en esa reciprocidad está el modelo de relación que hace posible que una feria como esta sea también una red: no el centro que irradia hacia afuera, sino varios nodos que se alimentan entre sí, que se sostienen mutuamente, que aprenden unos de otros sin que nadie ocupe permanentemente el lugar del que sabe.

La Ley Minera de 1992, el Convenio 169 y el juzgado que no escuchó

Xalamelco | Foto: Kino Balu

El marco legal bajo el cual Autlán obtuvo sus concesiones en territorio de Jalamelco fue el artículo 6 de la Ley Minera de 1992: la extracción de minerales declarada de utilidad pública y preferente sobre cualquier otro uso del suelo. Agricultura, ganadería, conservación forestal, territorio habitado por comunidades indígenas: todo subordinado. Sin límite de superficie concesionable. Títulos de cincuenta años prorrogables por otros cincuenta. Ninguna de las concesiones en Jalamelco se otorgó con consulta previa, libre e informada. El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo —ratificado por México dos años antes de esa ley, en 1990— lo exigía. No ocurrió.

El Estado mexicano firmó el Convenio 169 y luego diseñó una ley que lo ignoraba. Ese es el orden de los hechos.

Alfredo Fuentes y Andrea Islas son abogados de la Clínica Jurídica de la Universidad La Salle Pachuca. En 2020 llegaron a Jalamelco a partir de una referencia directa: Filiberta Nevado Templos —mencionada en artículos anteriores de El Giro de la Rueda con respeto y admiración por su trayectoria comunitaria— sabía que Desiderio Villegas buscaba “abogados solidarios” y facilitó el contacto.

La expresión no es menor. Define una posición frente al ejercicio profesional: el derecho entendido como herramienta de acompañamiento y defensa colectiva, no como un servicio distante ni como una intervención neutral. “Solidarios” nombra el lugar desde el cual se asume el trabajo jurídico y el tipo de compromiso que se establece con la comunidad.

En julio de 2021 presentaron el juicio de amparo ante el Juzgado Cuarto de Distrito de Hidalgo. Desde el primer escrito, la comunidad se autoadscribió como nahua. La autoadscripción indígena no es un procedimiento burocrático ni un certificado que se tramita ante alguna ventanilla: es el derecho de un pueblo a nombrarse a sí mismo, reconocido en el artículo 2° constitucional, en el Convenio 169 de la OIT y en la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. No requiere peritaje antropológico. No requiere que todos los miembros de la comunidad hablen la lengua originaria. Requiere que la comunidad diga quién es, y que el Estado lo escuche.

El juzgado no lo escuchó.

“Para ellos el hecho de que ya contaran con un abogado y que no hablaran una lengua indígena era prácticamente como cancelar la necesidad de aplicar esa prerrogativa.”

Los representantes de Autlán usaron el mismo argumento: no son indígenas porque no hablan lengua indígena. Es un criterio que la Suprema Corte de Justicia de la Nación ya había descartado en el Amparo en Revisión 134/2021, donde estableció que la identidad indígena se determina por autoadscripción y que la ausencia de consulta previa es causa suficiente para invalidar títulos mineros. Ese criterio no llegó al juzgado de Hidalgo, o llegó y se ignoró, que produce el mismo resultado en la vida de las personas.

La diligencia de inspección judicial se delegó a la titular del juzgado local de Molango. En esa visita, alguien mencionó de pasada que había una mina en la región desde hacía más de cincuenta años. El juzgado tomó esa referencia oral y la convirtió en el argumento central para negar el amparo en el fondo: los plazos para promoverlo habrían vencido porque la comunidad “ya sabía.”

“Lo cual es pues totalmente ridículo, porque no fue hasta que se presentan los informes del amparo que nosotros tenemos certeza de que es una concesión, que no solo es una concesión, que son tres o cuatro concesiones.”

Andrea Islas nombra el problema de fondo con más precisión que cualquier tecnicismo:

“Cuando ya planteas asuntos un poco más complejos y que implican un estudio más amplio y más profundo de derechos humanos, yo creo que ahí es como cuando se les hace un poco bolas el engrudo.”

El recurso de revisión se presentó hace dos años. No hay resolución. La suspensión sigue vigente: Autlán no puede realizar actividades más allá de exploración muy acotada. Es una protección real pero estructuralmente precaria. “Si de repente el colegiado que tiene nuestro asunto cambia los tres magistrados por otras tres personas que se eligieron por voto popular, pues sí empieza a crecer la incertidumbre”, dice el abogado Alfredo Fuentes.

Mientras tanto, en mayo de 2023 el Congreso reformó la Ley Minera: eliminó el carácter preferente de la extracción, obligó la consulta previa libre e informada, redujo las concesiones de cincuenta a treinta años. En el Amparo en Revisión 614/2024, la ministra Lenia Batres Guadarrama sostuvo que las concesiones no son derechos absolutos sino permisos temporales subordinados al interés social. Xalamelco vive en el intervalo entre la ley que fue y la ley que es, esperando que el sistema judicial decida cuál de las dos aplica a su cerro, a su agua, a su territorio.

Migrar sin romper el hilo

Feria por la Salud y la Vida, Xalamelco | Kino Balu

En Xalamelco la migración no es solo una estadística demográfica: es el vaciamiento progresivo del tejido que sostiene la organización comunitaria. Los jóvenes se trasladan a Pachuca, a la Ciudad de México, al otro lado de la frontera.

Sin embargo, el proceso no se sostiene en soledad. Hijas e hijos de las y los Galerianos, de quienes encabezan la defensa del territorio, participan de diversas formas: regresan cuando les es posible, apoyan en gestiones, comparten información y mantienen el vínculo aun en la distancia.

Ese acompañamiento no siempre se manifiesta en una jornada concreta ni ocupa el centro de la escena, pero integra el proceso y contribuye a su continuidad.

Hay un duelo que no inmoviliza. La ausencia se convierte en impulso para continuar organizándose. Lo que falta no clausura el esfuerzo colectivo; lo reafirma.

La galera al caer la tarde

Al final de la tarde, cuando el trío toca ya su última pieza y se organiza la misa en la galera, y los separadores de manta con flores del cerro ya están secos y los niños los muestran a sus madres, Desiderio se sienta recargado en la pared de la casita de adobe donde se instaló la Feria y mira lo que más de una década construyeron desde un corredor prestado y un nombre que pusieron para herirlos.

“Vengan a la feria de la salud y la vida. Que vean lo que se produce aquí, hecho por los galerianos, que es un grupo de personas que defienden el territorio. Procuran lo que es la salud, ven que la gente viva en armonía y que vean que aquí no nada más hay manganeso, sino que más bien el manganeso no nos interesa. Nos interesa lo que producimos y lo que somos, lo que tenemos y nuestra cultura y nuestros orígenes, porque nosotros somos producto de nuestros antepasados y pensamos en los que vienen, en las nuevas generaciones.”

Feria por la Salud y la Vida, Xalamelco | Kino Balu

Al caer la tarde, cuando los puestos ya terminaron de recogerse, nos dirigimos hacia la galera. Quería conocer ese espacio del que tanto había escuchado hablar, el lugar donde podría decirse que comenzó todo.

La galera empezó como una construcción sin paredes completas que un vecino, Tacho, levantó cuando ya no había otro sitio donde reunirse. Una mujer del pueblo pronunció el nombre con desprecio; las y los Galerianos lo adoptaron hasta convertirlo en referencia propia. Con el tiempo, las paredes se levantaron de block. Desiderio comenta que ya no es tan bonita como antes. La necesidad de un espacio más seguro y permanente orientó esa transformación.

Para la misa, llevamos las sillas desde el área donde horas antes estuvieron los puestos. Las acomodamos en filas frente al altar dispuesto en la galera. El traslado forma parte de la dinámica del día: el espacio modifica su disposición y su uso, pero continúa siendo el mismo punto de reunión.

Allí, el padre jesuita Raúl Cervera —colaborador de Radio Huayacocotla e integrante del Comité de Derechos Humanos Sierra Norte de Veracruz— celebra la misa. Es el cierre de la jornada.

No es una misa de templo, sino de galera: más cercana, sin el peso de un edificio que en algún momento les cerró la puerta con cinta canela. Las sillas acomodadas en filas, el altar frente a ellos y ellas —a la misma altura— y sus paredes delinean un espacio levantado desde la resistencia, afirmado en la necesidad de reunirse y en la decisión de permanecer.

Raúl Cervera reúne en su trayectoria dimensiones que con frecuencia se presentan como separadas: la teología y la defensa de derechos humanos, la fe y la organización comunitaria. En las comunidades serranas que acompaña, esas esferas no se oponen; forman parte de una misma práctica cotidiana.

Doña Edmunda Baltazar: “una de las chingonas”

La celebración está dedicada a la memoria de Doña Edmunda Baltazar, fallecida en enero. Fue una de las fundadoras del proceso organizativo. “Una de las chingonas”, dice Desiderio. En esa palabra se concentra un reconocimiento que no necesita formalidades.

Desiderio habla de Edmunda con la misma calma con que habla de todo, que es la calma de quien aprendió que el duelo y la acción no son incompatibles.

“Como esta vez nos faltó una, en enero 6, murió una de las chingonas: Doña Edmunda. Acaba de morir. Y eso creo que nos dio mucha fuerza como para… Yo veo a las muchachas ahorita andan bien. Nunca he estado tan tranquilo como esta vez.”

La misa en la galera dura lo que dura. Al terminar, Mónica y Karen recogen sus cosas para dirigirse al lugar donde pasarán la noche. Las y los niños ya no están; el espacio recupera una calma momentánea. Poco después se escuchan las procesiones del Señor de la Salud, la música de las bandas de viento, el ajetreo en las calles y el estallido de los cohetones. Se acerca el baile. La jornada cambia de ritmo y de alguna manera de sentido.

Y sin embargo, Doña Edmunda permanece en esa escena. Está en la organización que continúa, en las manos que levantan sillas, en quienes se despiden hasta el próximo encuentro. Su muerte no interrumpió el proceso; lo proyectó hacia adelante.

El recalentado del domingo

Así nos alcanzó la noche de ese sábado. Había sobrado mucha comida —mole con pollo criollo— y la propuesta surgió sola, como surgen las cosas que tienen sentido: al día siguiente, el domingo por la mañana, se daría aviso para comer juntos, juntas el recalentado. El mismo lugar, la misma lona todavía colocada, las mismas mesas.

No sin dificultades nos despertamos. Faltaron unos minutos de sueño que nadie contabilizó porque nadie quiso. Fuimos a casa de Desiderio. Platicamos un poco, bebimos café. Cargamos con las cazuelas de arroz, mole, agua de jamaica, tortillas. Volvimos a colocar las sillas que usamos el día anterior. Y comimos.

Más relajados que el día anterior. Sin la tensión de la feria, sin el peso de demostrar nada a nadie. Solo el mole que sabe mejor recalentado, las conversaciones que se abren cuando ya no hay programa que cumplir, las despedidas que algunos hicimos dos veces porque siempre faltaba algo por decir.

Antes de irnos, se levantó el arco de bienvenida de la feria. Y con él se hizo la foto colectiva para el registro de la memoria.

Xalamelco | Foto: Kino Balu

Hay algo en esa imagen —las y los Galerianos reunidos bajo la lona que ya se recoge, con las cazuelas vacías cerca, en el mismo lugar donde el día anterior habían demostrado que Xalamelco existe, produce y no necesita a nadie para sobrevivir— que dice más que cualquier argumento jurídico, más que cualquier escrito a dependencias burocráticas, más incluso que muchos años de resistencia. Dice que esto no es solo una lucha. Es una forma de vivir.

El nombre Xalamelco viene de xalli, arena, y -co, lugar donde algo ocurre. Quien lo nombró así sabía que la riqueza de este lugar no es lo que explota sino lo que sostiene. No el mineral que se extrae y se va sino el agua que la arena guarda, la milpa que el agua alimenta, el conocimiento que la milpa enseña, la palabra en que ese conocimiento se transmite, la feria donde ese conocimiento y esa milpa se muestran cada año como argumento político: aquí hay vida, aquí hay cultura, aquí hay derechos, aquí hay un pueblo que sabe quién es.

En el cartel del entronque dice Mina Vieja. Cuatro kilómetros adelante, un domingo por la mañana, hay mole recalentado y café y gente que se despide dos veces. Los arcos de la feria se desmontan. Se hace la foto.

Xalamelco: el lugar donde la arena guarda lo que el cerro deposita. Llevan más de cinco siglos aquí, desde antes de que hubiera leyes que dijeran que la tierra vale lo que tiene adentro. Las y los Galerianos llevan muchos años demostrando que vale, sobre todo, lo que tiene encima.

Lo que el Estado prometió y no cumplió: la agenda mínima de Xalamelco

Lo que ocurre en Xalamelco es una muestra del modelo extractivo mexicano en su funcionamiento ordinario: concesiones otorgadas sin consulta, sobre territorio originario, bajo una ley diseñada para que la extracción no tuviera que negociar con nadie. Que una comunidad de origen nahua sostenga una resistencia jurídica, organizativa y cultural contra el yacimiento de manganeso más grande de Norteamérica no es todavía una victoria, pero es la demostración de que el despojo no es inevitable cuando existen organización, acompañamiento solidario y una radio comunitaria que avisa cuando algo sale en la Gaceta Oficial.

Las y los Galerianos exigen lo que el Estado mexicano lleva años prometiendo sin cumplir: la cancelación de las concesiones vigentes dentro del polígono de Jalamelco; el reconocimiento formal de la autoadscripción nahua de la comunidad, conforme al artículo 2° constitucional, al Convenio 169 de la OIT, a los estándares internacionales sobre Derechos Humanos; y la realización de un proceso de consulta previa, libre e informada que no sea la simulación de diálogo que Desiderio describe con exactitud:

“todos dijeron que venían a platicar, ninguno platicó nada.”

La agenda mínima de reparación tiene tres ejes. Primero: la reposición del procedimiento en el recurso de revisión pendiente ante el tribunal colegiado, con instrucción de pronunciarse sobre el fondo con perspectiva intercultural, aplicando los criterios ya establecidos por la Suprema Corte en el Amparo en Revisión 134/2021. Segundo: la aplicación inmediata de la reforma de mayo de 2023 a la Ley Minera para extinguir las concesiones de Autlán en Jalamelco, tomando como fundamento la ausencia de consentimiento comunitario en su otorgamiento. Tercero: el diseño de una política pública de educación intercultural bilingüe en náhuatl para la Sierra Alta de Hidalgo que garantice la transmisión de conocimientos territoriales y etnobotánicos como medida de no repetición —porque el vaciamiento demográfico inducido por la falta de alternativas económicas es también una forma de despojo, más lenta pero no menos deliberada.

La suspensión judicial es un paréntesis, no una solución

Xalamelco | Foto: Kino Balu

La suspensión judicial que hoy protege a Xalamelco es un paréntesis, no una solución. Mientras el Poder Judicial no resuelva el recurso de revisión con perspectiva de derechos humanos e interculturalidad, la comunidad nahua de Jalamelco seguirá siendo la que sostiene sola, sin garantía institucional, lo que la Constitución lleva mucho tiempo prometiendo: que los derechos culturales, territoriales y de autodeterminación de los pueblos originarios tienen mayor jerarquía jurídica que cualquier concesión minera. Que el pueblo que le dio a este lugar su nombre —Xalamelco, el lugar donde la tierra guarda lo que el cerro deposita— tiene derecho a decidir qué se guarda y qué no se toca.

Las flores del cerro impresas en manta por las niñeces de Xalamelco esa tarde no buscan representar nada distinto a lo que son. Son flores. Son del cerro. Son de ellos. Y son de ellas.

Con la asesoría y acompañamiento de Illiria Gómez Martín.




Fuentes consultadas
Convenio 169 de la OIT sobre Pueblos Indígenas y Tribales — Organización Internacional del Trabajo
Reforma a la Ley Minera, mayo 2023 — Diario Oficial de la Federación
Amparo en Revisión 134/2021 — Suprema Corte de Justicia de la Nación
Artículo 2° Constitucional — Derechos de los Pueblos Indígenas — UNAM Jurídicas
Radio Huayacocotla — La Voz Campesina, 105.5 FM
Testimonios directos: Desiderio Villegas, Noemí Ramos Pérez (Mimi), Illiria Gómez Martín, Amariza, Alfredo Fuentes, Andrea Islas — Novena Feria por la Salud y la Vida, Xalamelco, 27 de febrero de 2026.


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