Feminicidio en zonas rurales
El Giro de la Rueda respeta la dignidad de las víctimas y de sus familias. Este contenido se presenta con fines de denuncia, memoria y reflexión crítica. Los nombres y referencias a la comunidad han sido modificados para proteger identidades.
El feminicidio en zonas rurales de México revela una violencia que comienza mucho antes del crimen: en el abandono estatal, en la pobreza que expulsa a las mujeres de sus territorios, en la impunidad que normaliza la muerte. Kevin, niño mixteco de 13 años de San Pedro, comunidad rural cerca de Pinotepa Nacional en la costa de Oaxaca, perdió a su madre cuando ella fue asesinada en la Ciudad de México, donde había migrado para trabajar en una tortillería. Su testimonio muestra cómo la violencia contra mujeres indígenas que migran por necesidad económica se convierte en política de abandono, cómo la impunidad opera cuando las víctimas son pobres y hablantes de lenguas originarias, y por qué la justicia no llega a quienes más la necesitan. El caso de la madre de Kevin no es excepcional: es la norma silenciada de lo que ocurre cuando el Estado decide abandonar.
Ya me sé cuidar solo
Por Onofre Nicolás Sánchez
Hola, me llamo Kevin.
Soy de un pueblo llamado San Pedro, una comunidad rural cerca de Pinotepa Nacional en la costa de Oaxaca. Hablo mixteco, tengo 13 años y voy en la secundaria.
Desde que tengo memoria, mi mamá se iba de casa para trabajar en la Ciudad de México. Sé que trabajaba en una tortillería, porque así me lo contaba cuando regresaba. Mientras ella estaba lejos, yo me quedaba con mi abuelita y mi tío, hermano de mi mamá, quienes me cuidaban, me bañaban y me daban de comer.
Desde niño siempre extrañé los brazos de mi mamá en los días fríos, en mis cumpleaños, cuando algo me dolía y también cuando estaba feliz.
Aun así, sabía que ella volvería, y mi corazón se llenaba de alegría cuando regresaba de la ciudad. Me traía ropa nueva, juguetes, manzanas y muchos dulces, de esos que son bolitas de colores que chupas y al final se vuelven chicles. Esos dulces eran mi adoración.
Así pasaron varios años. Aunque la extrañaba, confiaba en que un día regresaría y recuperaríamos los momentos perdidos. Íbamos al río a bañarnos, al campo a traer leña o a cortar elotes de la milpa de mi tío.
Pero un día, simplemente ya no volvió. Y siento un gran coraje porque me dejó solo, con mi abuelita y mi tío.
Al principio no me dijeron qué había pasado con ella, pero con el tiempo yo lo supe.
A mi mamá la asesinaron, la descuartizaron y su cuerpo fue devorado por los perros en la orilla de esa ciudad.
Mi tío fue muchas veces a buscarla allá en la ciudad, preguntando a los conocidos, y tuvo que interponer la denuncia ante la Fiscalía. Pero en una de esas idas, en busca de mi madre, mi tío encontró su ropa, su bolso y un zapato, medio enterrados entre las milpas de ese lugar frío y tenebroso.
Para mí, esa ciudad es un lugar horrible. Nunca me ha gustado, porque siempre se llevaba a mi madre y me dejaba solo. Pero ahora siento una profunda repulsión cuando escucho su nombre: Ciudad de México. Me tenso, me da miedo y empiezo a temblar cuando la mencionan, porque ahí mataron a mi mamá.
Aquí en casa, aunque a veces sólo comiéramos tortillas con sal y chile, si mi mamá no se hubiera ido a trabajar, estaríamos juntos mis hermanos y yo, tomando café con pan de pico, como es la tradición en mi pueblo. Iríamos a la fiesta de San Pedro y nos subiríamos a los caballitos del carrusel en la feria. Cuando había dinero, mi mamá nos compraba chocomil y a veces bolis de hielo con sabor a jamaica.
Extraño los abrazos de mi mamá, sus risas, sus regaños y su comida.
Pero ahora ella no está. A mi madre la mataron simplemente por ser mujer, simplemente porque no había nadie para defenderla. Yo la hubiera defendido y nada le habría pasado, pero no estuve ahí, y eso me da mucho coraje. La hubiera defendido y nada le hubiera pasado.
Desde que supe cómo murió, siento mucha rabia. Tengo coraje contra la persona que le hizo daño y contra las autoridades que no la cuidaron. Cuando desapareció, no hicieron nada por buscarla; fue mi tío quien la encontró y no la policía.
¿Por qué la policía no hizo más? ¿Será porque nosotros somos pobres y no tenemos dinero suficiente para pagar y que la buscaran bien?
Tengo coraje con la vida, porque mi madre no merecía pasar por ese horror.
Lo que más me duele es que ella se iba a trabajar a la ciudad porque éramos pobres, ¡porque vivimos en el pueblo que poco tiene que ofrecernos! ¡porque no hablábamos bien español! Y ¡porque mi papá nos dejó cuando yo era pequeño!
¿Por qué te fuiste sin despedirte de mí, mamá? ¿Por qué nos dejaste solos a mis hermanos y a mí? ¿Por qué tenías que ir a trabajar tan lejos?
Si me escuchas y me ves, dondequiera que estés, quiero decirte que no te odio. No sufras, mamá. Ya estoy más grande y ya me sé cuidar solo. Voy en la secundaria y, cuando crezca, quiero ser enfermero para curar a la gente de nuestro pueblo, para cuidar a los que más quiero, porque eso me faltó de ti… pero no te culpo por eso.
Ve y descansa, madre. Quiero que sepas que estarás en mi corazón para siempre.
Te quiero.
Fin
Feminicidio en zonas rurales: cuando la violencia también es abandono
Feminicidio, porque atraviesa los cuerpos de madres, hermanas, hijas, aunque lo que primero las expulse sea la pobreza que las obliga a dejar casa y territorio.
Porque en los pueblos su llegada es silenciosa y la impunidad se vuelve costumbre.
Porque la indignación no cabe en el silencio: las ausencias se limpian con memoria y los nombres de quienes fueron arrancadas con vida se pronuncian en voz alta.
Porque no se trata de muertes solitarias, sino de despojos encadenados.
Feminicidio en las mujeres rurales, donde persiste aquello que el Estado nunca garantizó y donde la exigencia sigue abierta: que alguien, tarde o temprano, responda por tanto abandono.
La violencia feminicida que ocurre en las zonas rurales de México evidencia una trama en la que sobreviven desigualdades históricas relacionadas con el género, la clase, la etnia y el territorio, pocas veces nombradas con la contundencia que merecen. Las mujeres rurales no enfrentan violencia únicamente por ser mujeres, enfrentan violencia por ser pobres, indígenas, hablantes de lenguas originarias, trabajadoras precarizadas, migrantes forzadas por la necesidad. La denuncia implica recorrer kilómetros, traducir la propia vida a un idioma que no siempre es el propio, enfrentar autoridades que desestiman o normalizan lo que debería ser intolerable, lo que incide en que la impunidad se convierta en una política de hecho, en que el feminicidio ocurra no solo en el momento del crimen sino en cada instancia donde el Estado pudo intervenir y decidió no hacerlo.
De nuevo, la narrativa sobre el feminicidio en México se concentra en las ciudades, en los casos que alcanzan visibilidad mediática, en las movilizaciones masivas que ocurren en espacios urbanos, lo que niega o invisibiliza la violencia que se administra desde el abandono en los territorios rurales. ¿Qué fuerza tiene el empobrecimiento para que las mujeres tengan que migrar dejando a sus hijos para sobrevivir? ¿Hemos prestado atención a los pueblos que se vacían de madres, más allá de las remesas que sostienen economías locales? ¿Comprendemos lo que es crecer sin los brazos de quien te parió porque el pueblo poco tiene que ofrecer? ¿Sabemos lo que estas ausencias forzadas y estas muertes revelan de nosotros como país?
Kevin, niño mixteco de 13 años de San Pedro, comunidad rural cerca de Pinotepa Nacional en la costa de Oaxaca, recuerda: ‘Desde que tengo memoria, mi mamá se iba de casa para trabajar en la Ciudad de México. Sé que trabajaba en una tortillería, porque así me lo contaba cuando regresaba. Mientras ella estaba lejos, yo me quedaba con mi abuelita y mi tío, hermano de mi mamá, quienes me cuidaban, me bañaban y me daban de comer’. Kevin añora: ‘Desde niño siempre extrañé los brazos de mi mamá en los días fríos, en mis cumpleaños, cuando algo me dolía y también cuando estaba feliz’. Su madre no volvió. A su madre la asesinaron, la descuartizaron y su cuerpo fue devorado por los perros en la orilla de esa ciudad. Kevin pregunta con una lucidez que debería avergonzarnos: ‘¿Por qué la policía no hizo más? ¿Será porque nosotros somos pobres y no tenemos dinero suficiente para pagar y que la buscaran bien?’
La muerte de la madre de Kevin no fue un proceso inevitable. Fue genocidio silencioso administrado desde la precariedad, la falta de opciones económicas en su comunidad, la ausencia de políticas públicas que garanticen condiciones de vida digna en los territorios rurales, la inexistencia de servicios de salud, empleo y protección culturalmente pertinentes. Fue también el resultado de un sistema de justicia que no buscó, que no investigó, que dejó a un tío convertido en investigador improvisado encontrando entre las milpas la ropa, el bolso y un zapato de su hermana. La vulnerabilidad que esta situación supone, implica entre otras cosas, la dificultad para acceder a la justicia y la certeza de que las vidas de las mujeres rurales, pobres, indígenas, valen menos en la balanza institucional. Lo que incide en tasas de feminicidio que no se registran adecuadamente, en cuerpos que desaparecen sin que nadie los busque con recursos suficientes, en niños que crecen con coraje porque comprenden mejor que nosotros la injusticia.
Kevin dice: ‘Lo que más me duele es que ella se iba a trabajar a la ciudad porque éramos pobres, ¡porque vivimos en el pueblo que poco tiene que ofrecernos! ¡porque no hablábamos bien español! Y ¡porque mi papá nos dejó cuando yo era pequeño!’ Cada signo de exclamación en su testimonio debería leerse como una acusación al Estado mexicano, a la ausencia de desarrollo rural, a la discriminación lingüística, a la feminización de la pobreza y el cuidado. El feminicidio de su madre comenzó mucho antes del día en que la asesinaron, comenzó con política pública que no llegó a San Pedro, con los servicios que su comunidad no tuvo, en cada vez que migrar fue la única opción para alimentar a los hijos.
Entendemos así que nombrar el feminicidio en zonas rurales es disputar el relato que presenta estas muertes como tragedias individuales, como destinos inevitables de los pueblos pobres, como costos de la migración. Es afirmar que cada feminicidio es una violación grave a los derechos humanos y que el Estado es corresponsable cuando su ausencia convierte la vulnerabilidad en sentencia de muerte. Recordamos y nos abrazamos, pedimos justicia por la madre de Kevin, por las mujeres que tuvieron que irse de sus pueblos para que sus hijos comieran, por quienes murieron porque nadie las protegió, por las que fueron asesinadas simplemente por ser mujeres y no tener a nadie que las defendiera, por las madres cuyos cuerpos sus propios hijos no pudieron sepultar con dignidad, por las que se fueron a trabajar tan lejos y nunca volvieron, exigimos que se investigue, que se sancione, que se repare, que se garantice que ninguna mujer más tenga que elegir entre abandonar a sus hijos o verlos morir de hambre, para que ningún niño más tenga que decir “ya me sé cuidar solo” porque el Estado decidió no cuidar a su madre.
El Giro de la Rueda

Originario del municipio mixteco de San Agustín Chayuco, en la costa de Oaxaca.
Licenciado en Economía, Pasante de Derecho en la UNAM, y Maestro en Gestión Pública para la Buena Administración en la Escuela de Administración Pública de la Ciudad de México.

Notas Recientes
- Feminicidio en zonas rurales
- Cuando la tierra es tomada por la fuerza: testimonio desde Playa Salchi
- Playa Salchi: Despojo territorial, violencia estructural y alerta
- Playa Salchi: imágenes documentan demolición total de viviendas de defensor comunitario
- Parada de Bandera en Huayacocotla: carnaval, comparsas y la calle que se atraviesa


0 respuestas a “Feminicidio en zonas rurales”