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Entrevista con Luciérnagas Buscadoras

Entrevista con Luciérnagas Buscadoras

La Ke Huelga | 27 de octubre de 2026



Por Kino Balu

Crónica | Luciérnagas Buscadoras: tres ausencias, una familia que se aprende en el camino y la tarea de no dejar solas a quienes buscan

Una lleva un pañuelo rojo en la cabeza; otra, lentes y el cabello rizado. En sus camisetas aparecen rostros impresos con las fotografías de las personas que buscan y los objetos que las acompañan forman parte de la conversación tanto como las voces. No están allí para ilustrar una historia contada por alguien más: son parte de las familias que han decidido hacer pública su búsqueda.

La cabina es pequeña, pero las historias que llegan a ella vienen de distintos lugares. De Michoacán, donde Carla Sánchez busca a su tío Sócrates Efrén Noguera González; de la Ciudad de México y el Estado de México, donde Gabriela Alonso enfrenta las consecuencias del homicidio de su hermano, Yudhisthira Piña, a quien su familia y sus amistades llamaban Nimai; de la casa a la que María Palacios sigue esperando que vuelva su madre, Guadalupe Ruiz González.

Jimena Hernández acompaña a las familias desde la solidaridad. No busca a un familiar propio. Se ha acercado a quienes sí lo hacen y ha encontrado en ese acompañamiento una responsabilidad que no depende de haber vivido la misma pérdida.

La entrevista se realizó el martes 27 de octubre y reunió a Luciérnagas Buscadoras con La Ke Huelga Radio, El Giro de la Rueda y Del Barrio News. Durante más de una hora, las voces pasan de una historia a otra, de la memoria íntima a la denuncia pública, de las fallas institucionales a la necesidad de organizarse para que ninguna familia tenga que caminar sola.

La cámara registra los rostros mientras hablan. A veces, una compañera se acerca al micrófono, en otros momentos, las compañeras permanecen juntas, escuchando. En una de las escenas, Gabriela abraza a Maria mientras el micrófono permanece a un lado. El gesto no explica lo que sucede entre ellas ni necesita hacerlo. Basta con verlo para advertir que, en ese espacio, el acompañamiento no se limita a las palabras.

Hay familias que esperan una llamada. Otras esperan que alguien toque el timbre. Algunas han aprendido a mirar una fotografía durante tanto tiempo que el rostro que aparece en ella se vuelve una presencia cotidiana: acompaña la salida de casa, entra en las oficinas, viaja a las manifestaciones y regresa con quien la lleva, incluso cuando el día termina y no hay noticias.

María Palacios sigue esperando que su madre vuelva a tocar el timbre. Guadalupe Ruiz González desapareció el 30 de septiembre de 2024. Venía hacia la casa de María, en la Ciudad de México. Iba a tomar café con ella. No llegó.

La escena cabe en unas cuantas palabras. Lo que ha ocurrido desde entonces no cabe en ninguna carpeta de investigación: los días que pasan, las personas que se cansan, los vínculos que se rompen, las preguntas que no encuentran respuesta. Y la vida de una hija que continúa buscando a su madre mientras intenta sostener lo que queda de su familia.

“Yo espero todos los lunes que mi mamá llegue a tocar ese timbre”.

Cuenta María durante la conversación. Después recuerda cómo le hablaba su madre, las conversaciones que tenían y esa forma de estar presente que hacía de Guadalupe el pilar de la casa.

María se disculpa por las lágrimas. No tendría que hacerlo. En la cabina no hay una historia ajena que deba contarse sin que nadie se quiebre. Hay personas intentando hablar de quienes aman mientras la ausencia vuelve a ocupar la habitación.

Ese grafiti de la pared nos gritar, pero las voces que llegan a los micrófonos no necesitan levantar el volumen para decir lo que ocurre. Hablan de familiares ausentes, de expedientes que no avanzan, de autoridades que les han pedido esperar y de familias que han terminado por aprender procedimientos, buscar información y recorrer lugares por su cuenta.

Las paredes de La Ke Huelga tienen su propio lenguaje: colores intensos, imágenes, carteles, pegatas o calcomanías, dibujos con plumón y signos de las luchas que han encontrado un lugar en ese espacio. Las Luciérnagas se sientan frente a ellos con las fotografías de los suyos. La escena reúne dos formas de hacer visible una historia: las marcas que una comunidad deja en sus muros y los rostros que las familias se niegan a dejar desaparecer.

La vida antes de la ausencia

Miradas que sostienen la exigencia. Carla Sánchez atiende los detalles de la transmisión en cabina. Su tío, Sócrates Efrén Noguera González, fue desaparecido en abril de 2024 en Michoacán tras ser obligado a realizar trabajos forzados en zonas de tala ilegal | Foto: Kino Balu

Sócrates tenía alrededor de 35 años cuando desapareció. Era padre de dos niñas. Había trabajado en panaderías, hojalaterías y otros oficios. Vivía en Michoacán y soñaba con salir de un lugar marcado por la violencia para ofrecerles una vida mejor a sus hijas.

Carla lo recuerda como un hombre respetuoso, entregado a su familia. También cuenta una historia que permite entender las condiciones en las que transcurrían sus últimos meses conocidos.

En diciembre de 2023, Sócrates fue retenido durante un día y lastimado para obtener información que no tenía. Después fue obligado a realizar trabajos relacionados con la tala ilegal en la zona de la Sierra de los Azufres, donde cuidaba un territorio en el que había cabañas.

El 1 de abril de 2024 fue citado en la comunidad de Queréndaro para dar explicaciones sobre unas cuentas relacionadas con esa actividad. Desde entonces, la familia no volvió a saber de él.

La secuencia que cuenta Carla está atravesada por la coerción y el miedo. No describe a un hombre que eligió abandonar a sus hijas, sino a una persona cuya vida estaba condicionada por la violencia de un grupo criminal y que desapareció después de ser convocada a rendir cuentas en ese contexto.

Al final de su relato, Carla no enumera diligencias ni expedientes. Regresa a lo que sabe de su tío:

 “Era una persona muy respetuosa, era una persona que amaba a su familia”.

Para él, dice, era importante convivir con los suyos. Adoraba a sus hijas.

Hay una distancia enorme entre esa vida y la manera en que una persona puede quedar reducida a una ficha de búsqueda. En una ficha caben un nombre, una edad, una fecha, una descripción física. No caben los trabajos que alguien aprendió, los planes que hizo para sus hijas ni la vida familiar a la que esperaba volver.

En las fotografías de la entrevista, las camisetas que llevan algunas de las participantes muestran rostros impresos. Esas imágenes viajan con las familias a los micrófonos, a las movilizaciones y a los espacios públicos. No son un adorno. Ponen delante de la mirada a quienes faltan, incluso cuando no pueden estar presentes para contar su propia historia.

Gabriela Alonso también necesita recuperar esa vida cuando habla de su hermano. Yudhisthira Piña desapareció en septiembre de 2024, en la alcaldía Gustavo A. Madero, en la Ciudad de México. Fue localizado sin vida ese mismo año en el Estado de México.

Su familia lo llamaba Nimai. Había estudiado una carrera técnica relacionada con la arquitectura; le gustaban el grafiti, la pintura, la escritura y el rap. Tenía amistades, hacía arte y quería vivir sin que las opiniones de otras personas decidieran por él.

Dice Gabriela:

“Le gustaba vivir”.

Y después, al recordar la ternura de su hermano y el amor que tenía por su madre, por su hermana y por ella, la voz se le quiebra.

La muerte de Nimai no cerró la búsqueda de justicia. Gabriela relata que, al comenzar el proceso penal por homicidio en el Estado de México, les propusieron fabricar testigos y pruebas para detener a la persona que consideraban responsable. También señala fallas en las actuaciones y los peritajes, y cuenta que pasó más de un año antes de que la reconocieran como víctima y pudiera acceder a la carpeta de investigación.

Son señalamientos graves sobre un proceso que, para esta familia, sumó obstáculos a la pérdida. La investigación de un homicidio debería esclarecer lo ocurrido y establecer responsabilidades. Gabriela describe, en cambio, una experiencia en la que tuvo que insistir incluso para ser reconocida como alguien con derecho a conocer las actuaciones del caso.

Su crítica no se limita a una oficina o a una persona funcionaria. Habla de una forma de tratar a quienes reclaman justicia, como si el vínculo familiar no bastara para que su palabra y sus preguntas merecieran atención.

“Los cuerpos de los jóvenes, realmente no les importan a nadie”, dice.

Para ella, esa indiferencia se extiende desde las autoridades que reciben a las familias hasta las instituciones que deberían responder por sus actuaciones.

Pero Gabriela no quiere que Nimai permanezca en el relato únicamente como un cuerpo localizado sin vida ni como una víctima de un homicidio. Habla de su gusto por el arte, de su manera de relacionarse con las personas, de su ternura. Recordarlo así es parte de una tarea que realiza todos los días: conservar la vida de su hermano frente a un mundo que puede terminar hablando de él solo en términos de muerte.

“No solamente es que los buscamos porque los amamos, los buscamos porque solo cuando las familias salimos a buscar es cuando los encontramos”, afirma.

La frase contiene una denuncia y una herida. Las familias aman a quienes buscan, pero su amor no debería ser el recurso que sustituya las obligaciones del Estado y sus instituciones. No tendría que ser necesario aprender a revisar expedientes, insistir ante el Ministerio Público, organizar movilizaciones o recorrer lugares peligrosos para conseguir que una búsqueda avance.

Sin embargo, para muchas familias, aprender a hacer todo eso se vuelve parte de la vida que les impone una desaparición.

“Vete a tu casa y espera”

Memoria contra el olvido. Integrantes de Luciérnagas Buscadoras y acompañantes solidarias en el estudio radiofónico. Entre esténciles, carteles y la frecuencia libre, un recordatorio visual de que la lucha por la presentación con vida y la justicia se teje desde los barrios y los medios comunitarios | Foto: Kino Balu

Gabriela cuenta que Luciérnagas Buscadoras tiene alrededor de año y medio de existencia. El colectivo surgió de la necesidad de organizarse en una ciudad donde las familias que no se agrupan encuentran mayores dificultades para ser escuchadas.

Su formación también respondió a una contradicción: las familias no tendrían que constituirse en colectivos para recibir atención. Las autoridades deberían atender a cada persona desaparecida y a cada familia con la misma diligencia, sin que la posibilidad de conseguir una reunión, una respuesta o un avance dependiera de la capacidad de movilizar a otras personas.

Pero Gabriela describe otra realidad. Recuerda que, cuando acudió a denunciar la desaparición, le dijeron que se fuera a casa y esperara una llamada.

No, simplemente te dicen, no, por lo menos a mí me lo dijeron, “Vete a tu casa y espera que te llamemos”.

La frase parece breve. Para una familia que acaba de perder contacto con alguien, puede abrir una espera interminable.

¿Cómo regresar a casa y continuar con la rutina mientras se desconoce dónde está una persona querida? ¿Cómo aceptar que el tiempo transcurra cuando cada hora puede importar para localizarla con vida?

La respuesta de las familias no fue quedarse esperando. Se organizaron, compartieron lo aprendido y comenzaron a acompañar a otras personas que atravesaban situaciones semejantes.

María Palacios explica que, al revisar su propia carpeta, comenzó a identificar omisiones. Aprendió sobre los procedimientos, buscó orientación y se capacitó para entender qué debía hacer y qué podía exigir. Esa experiencia la llevó a pensar también en las familias que llegan por primera vez a una fiscalía o a una comisión de búsqueda sin saber a qué instancia acudir, qué información solicitar o cómo reclamar cuando una actuación se realiza mal.

“Las familias tenemos que aprender”, dice frete a ese micrófono.

Tienen que acudir a cursos, conocer los procedimientos y adquirir herramientas para ayudar a otras personas. La solidaridad se vuelve, así, una forma de transmitir conocimientos que las instituciones deberían proporcionar desde el primer momento.

Pero aprender no elimina la desigualdad. Una familia puede reunir información, identificar lugares, insistir durante meses y presentarse una y otra vez ante las autoridades; nada de eso garantiza que las instituciones respondan con la urgencia que la búsqueda exige.

Carla señala la falta de coordinación entre las comisiones de búsqueda y las de atención a víctimas, así como las omisiones y la falta de información sobre los casos. Cuando cada instancia trabaja por separado, las familias no saben con claridad qué se ha hecho, qué falta por hacer o por qué no se ha avanzado.

María cuenta otra parte del problema: las familias reúnen información sobre posibles lugares de búsqueda y las autoridades responden que no pueden entrar porque se trata de zonas peligrosas.

La pregunta que ella formula no encuentra respuesta durante la entrevista: si el Estado dispone de Guardia Nacional, fuerzas militares, policías y Marina, ¿por qué las familias continúan enfrentando solas los lugares a los que necesitan llegar para buscar?

María no habla desde la distancia de una discusión administrativa. Habla como hija de una mujer desaparecida. Habla de las horas dedicadas a buscar información, de los riesgos y del dinero que hace falta para trasladarse a otros estados. Habla de las familias que se quedan sin trabajo porque deben dedicar sus días a realizar tareas que corresponden a las instituciones.

También habla de las madres buscadoras asesinadas y del miedo que acompaña a quienes deciden continuar.

La búsqueda tiene un costo que no termina en el transporte, las copias o las jornadas de trabajo perdidas. Puede consumir la vida familiar, el descanso, la salud y los ingresos. Puede enfrentar a una persona con quienes le reprochan que no hace suficiente, incluso cuando ha organizado su vida alrededor de la búsqueda.

María es la única de su familia que continúa buscando a Guadalupe. Tiene un hijo de trece años y sabe que el tiempo que dedica a buscar a su madre también es tiempo que no puede pasar con él. Aun así, continúa.

Rechaza las acusaciones de que las familias reciben dinero o apoyos por manifestarse. No está dispuesta a arriesgar su vida, explica, para conseguir unos cuantos pesos. Lo que hace es intentar que la imagen de su madre no desaparezca de la mirada pública.

María nos señala:

“Soy la hija menor y lucho día a día por buscarla”.

La fotografía de Guadalupe acompaña a María en esa tarea. En la cabina, los rostros impresos en las camisetas y las imágenes que las familias llevan consigo adquieren una presencia distinta de la que tienen en una pantalla. Están frente a otras personas. Se pueden mirar de cerca. Permanecen mientras las voces hablan de quienes faltan.

María quiere que la gente reconozca a su madre, que sepa que Guadalupe es alguien que espera una hija, una casa, una historia familiar que no ha terminado. Cuando María pide que hagan visible su rostro, pide también que otras personas la reconozcan como alguien que falta en una conversación, en una vida, en el lugar que ocupaba dentro de su familia.

Y cuando afirma que sus compañeras se han convertido en su familia, no está utilizando una imagen para suavizar lo ocurrido. Habla de quienes permanecen cuando otras personas se alejan, de quienes conocen los procedimientos y comparten lo que saben, de quienes pueden acompañarla sin exigirle que deje de llorar para continuar la búsqueda.

Una luz que no borra la noche

Símbolos de la resistencia. Carteles, consignas con la frase “Ni mandar ni obedecer. El espacio radiofónico refleja la confluencia entre de muchas luchas | Foto: Kino Balu

El nombre del colectivo nació de esa experiencia de acompañarse. Gabriela explica que una luciérnaga, por sí sola, produce una luz pequeña; cuando se juntan muchas, pueden iluminar un espacio oscuro.

No se trata de negar la oscuridad ni de convertir el dolor en una historia edificante. La imagen adquiere sentido porque habla de algo concreto: cuando una integrante está cansada, otra puede ayudarla a seguir. Cuando una familia no sabe qué hacer, alguien que ya recorrió parte del camino puede orientarla. Cuando las autoridades no escuchan a una persona, la presencia de otras puede impedir que su reclamo quede encerrado entre cuatro paredes.

Ellas, una parte de Luciérnagas Buscadoras, están juntas alrededor de una mesa, con los micrófonos cerca. Detrás de ellas, el mural que ocupa toda la pared. En aquella cabina existen huellas en diferentes formas, figuras pintadas, los carteles, calcomanías, mensajes hechos con plumones, los paneles acústicos y los objetos que rodean el lugar de la entrevista. Durante esos momentos la conversación no transcurre en un vacío. Sucede en un espacio que tiene sus propias marcas, construido para que circulen voces que con frecuencia no encuentran lugar en otros medios.

Aquél grafiti no vuelve menos dura la historia que se cuenta. Tampoco las imágenes de los familiares convierten el dolor en una escena para contemplar. Lo que hacen es situar la conversación: estas mujeres han llegado a una cabina de radio libre para hablar por sus seres queridos y exigir que las instituciones respondan.

Hubo una escena, que los micrófonos no pudieron registrar: Gabriela abrazando a María. El micrófono queda a un lado. Ese abrazo no puede sustituir a quien falta, ni resolver una búsqueda, ni reparar el trato recibido en una oficina. Puede, sin embargo, sostener por un momento a quien ha tenido que contar su historia.

Círculo de cuidado en la cabina. Gabriela abraza a María en el estudio de La Ke Huelga  durante la transmisión conjunta de medios libres y colectivos de familiares en la Ciudad de México, el 27 de octubre de 2026. Ante la falta de respuestas ministeriales, el abrazo y el sostenimiento mutuo se convierten en la primera línea de defensa frente al dolor | Foto: Kino Balu

María dice que encontró en Luciérnagas transparencia, humanidad y amor hacia las familias. Recuerda que, cuando ella estaba cabizbaja, sus compañeras llegaban para darle ánimo. En esa relación encontró algo que no sustituye a su madre ni resuelve la desaparición, pero le permite continuar.

La colectividad no elimina la ausencia. Hace posible que la ausencia no tenga que enfrentarse en soledad.

Jimena Hernández participa en el colectivo desde otro lugar. No tiene una persona cercana desaparecida y reconoce que esa diferencia importa. Se acerca a las familias desde la solidaridad, con el propósito de escuchar y acompañar sin desplazar sus voces.

Su experiencia también está vinculada con la organización en torno a Palestina. Para Jimena, las luchas se encuentran en la necesidad de hacer frente a violencias que atraviesan la vida de las comunidades, y en la convicción de que la solidaridad no puede depender únicamente de que una tragedia toque a la propia familia.

Durante la entrevista habla de la importancia de acercarse a escuchar cuáles son las necesidades de quienes buscan. No supone que acompañar consista en llegar con respuestas ni en decidir desde fuera qué necesita una familia. Se trata de preguntar, estar presente y ofrecer lo que cada quien pueda, sin olvidar que quienes buscan también se cansan, sienten miedo, enfrentan dificultades económicas y tienen derecho a detenerse.

“A pesar de los miedos se levantan todos los días y siguen buscando”, dice.

Jimena recuerda el momento en que se encontró con Carla durante una jornada de solidaridad. Ya la conocía de antes, pero verla allí, buscando a su tío, le produjo un nudo en la garganta. La desaparición dejó de ser para ella una realidad que conocía de manera general y se volvió la historia concreta de una persona con quien había compartido otros espacios.

Esa cercanía no la convierte en protagonista de una experiencia que no le pertenece. Le exige reconocer el privilegio de no tener que buscar a alguien de su propia familia y preguntarse qué puede hacer con esa diferencia.

Su respuesta es acompañar.

En la conversación, la causa palestina aparece junto a la búsqueda de personas desaparecidas en México. Jimena plantea que ambas luchas permiten reconocer formas de violencia que atraviesan territorios distintos y que requieren solidaridad. La relación que propone no borra las diferencias entre sus historias: insiste en que ninguna causa debería servir para justificar la indiferencia ante otra.

Para las familias, la solidaridad tampoco consiste en reunir nombres de luchas en una misma convocatoria y retirarse después. Tiene que traducirse en acciones que permanezcan cuando se apagan los micrófonos.

Que no se quede en una fotografía

La escucha atenta. Gabriela y Jimena comparten el micrófono durante el programa especial. La articulación entre familiares, acompañantes solidarias y medios libres busca trascender la nota de coyuntura para consolidar redes de protección y exigencia rumbo a la Gira por la Vida convocada por el EZLN.

La visita de representantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional a familias buscadoras abre otra pregunta: ¿qué sucede después del encuentro?

Gabriela reconoce que el acercamiento era esperado desde hacía tiempo. Le parece valioso que distintas personas y organizaciones se sumen, pero advierte el riesgo de que todo termine en una fotografía. Lo que las familias necesitan, dice, es construir formas concretas de colaboración.

Quiere que haya intercambio, diálogo y acompañamiento real en las búsquedas. Que la conversación no se reduzca a escuchar lo que han vivido, sino que permita compartir experiencias de organización y construir acciones que puedan sostenerse en el tiempo.

María coincide. Le preocupa que el encuentro termine y las familias vuelvan a quedarse solas con sus expedientes, sus preguntas y sus recorridos. No basta con que alguien diga que está con ellas: hace falta mantener el vínculo y encontrar maneras de trabajar juntas.

La misma exigencia se dirige a los medios de comunicación.

Preguntamos a las integrantes de Luciérnagas qué esperan de los medios libres y cómo podemos acompañarlas. No planteamos la pregunta como si el periodismo ya tuviera una respuesta: escuchar a las familias es necesario para comprender qué trabajo puede ser útil.

Gabriela distingue entre publicar una ficha de búsqueda y sostener las exigencias que acompañan a esa ficha. Difundir la imagen de una persona es importante, pero no basta. Los medios también pueden informar sobre las solicitudes de las familias, las respuestas de las autoridades, las omisiones que denuncian y las acciones que realizan para encontrar a sus seres queridos.

La búsqueda no termina en la circulación de una fotografía. Tampoco el trabajo periodístico debería terminar cuando esa fotografía deja de aparecer en las redes.

En las imágenes de la entrevista, los rostros de las mujeres comparten el encuadre con los micrófonos y el mural. La radio no las presenta como voces anónimas: sus cuerpos están allí, sus gestos acompañan sus palabras y sus camisetas llevan impresas otras caras. La escena recuerda que detrás de cada búsqueda hay personas que trabajan, cuidan, se cansan y vuelven a empezar.

Gabriela cuestiona el tratamiento de los medios comerciales cuando, desde su experiencia, se acercan a las familias en momentos determinados por intereses políticos o electorales. Frente a ello, reconoce la labor de los medios libres que han acompañado sus movilizaciones y que, dice, han enfrentado también distintas formas de violencia.

Lo que pide no es que el periodismo convierta cada historia en una escena de sufrimiento. Quiere que se cuente la lucha, que se expliquen las exigencias y que se muestre lo que existe alrededor de las familias además del dolor.

“No solo transmitir lo triste y lo feo, sino transmitir la lucha, las exigencias y también lo bonito”.

Lo bonito no significa aquí una salida fácil. Está en las relaciones que se forman durante la búsqueda, en las personas que se quedan, en la posibilidad de que una compañera acompañe a otra a una diligencia o a una movilización. Está en la confianza que nace cuando alguien vuelve a aparecer, no solo cuando necesita una entrevista, sino cuando hace falta continuar.

María también pide a los medios libres e independientes que no las suelten. Sabe que la represión puede aumentar y que hacer visible una búsqueda no siempre está libre de riesgos. Por eso, la alianza que propone no es una relación entre quienes cuentan una historia y quienes aparecen en ella. Es una invitación a sostener un trabajo común sin apropiarse de las voces de las familias ni reducirlas a imágenes de sufrimiento.

El periodismo libre e independiente puede contribuir a que una persona desaparecida no quede encerrada en una cifra; puede hacer visibles las exigencias y preguntar a las instituciones qué han hecho, qué falta y por qué. También puede regresar a una historia cuando ya no ocupa los titulares.

Pero esa tarea exige escuchar. Exige reconocer que las familias conocen sus propios procesos y que no necesitan que alguien les explique desde fuera por qué buscan. Exige publicar lo que dicen sin convertir sus testimonios en una sucesión de escenas dolorosas y sin separar sus palabras de las condiciones en que se producen.

En la cabina de La Ke Huelga Radio, la pregunta sobre cómo acompañar no recibe una fórmula definitiva. Recibe una respuesta que compromete a quienes la escuchan: estar, informar, sostener la comunicación y no dejar que la atención se extinga después de una jornada.

Guadalupe todavía tiene una casa

Hacia el final de la conversación, María vuelve a hablar de su madre. Cuenta que no está pasando por un buen momento, pero que quiso acudir para hacer visible su rostro. Quiere que la gente sepa quién es Guadalupe. Quiere que su búsqueda continúe siendo escuchada.

Antes había dicho que su madre era alegre, que organizaba reuniones con sus amistades y que donde llegaba animaba a las personas. Al desaparecer, cuenta María, su familia se deshizo. Algunas personas dejaron de buscar. Ella se quedó.

No hay una manera sencilla de contar esa permanencia. Buscar a Guadalupe significa sostener una posibilidad que no tiene respuesta, mientras María intenta seguir viviendo. Significa recordar a la mujer que esperaba para tomar café y, al mismo tiempo, enfrentarse a la incertidumbre de no saber dónde está.

“A veces el hablarlo no sana”, nos digo al agradecer el espacio.

La frase importa. Contar no borra la herida. Una entrevista no devuelve a una madre ni repara los años de una búsqueda. La solidaridad no debe prometer lo que no puede cumplir. Puede, en cambio, escuchar sin apartar la mirada, hacer circular la historia y ayudar a que las preguntas lleguen a quienes tienen la obligación de responder.

Luciérnagas Buscadoras tiene previsto encontrarse con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en el marco de las actividades anunciadas para reconocer a las mujeres buscadoras. Durante la entrevista, Carla explica que el colectivo hará una invitación al EZLN y recuerda que la búsqueda no la realizan solamente las mujeres: también hay padres, hermanos, sobrinos, tíos y otras personas que buscan a sus familiares.

Esa cita señala un encuentro por venir, no el final de un camino. Después habrá que continuar buscando, acompañar a quienes lo necesiten y hacer que las exigencias de las familias se traduzcan en acciones. El abrazo tendrá sentido si no termina cuando cada quien vuelve a su casa.

Al despedirse, las voces de la cabina se suman a las de las familias. Quienes participaron en esa transmisión son solo una parte de una articulación más amplia de medios libres que acompañan a las familias buscadoras rumbo a la Gira por la Vida convocada por el EZLN. Los micrófonos, cámaras  y espacios colectivos quedan abiertos para difundir sus actividades y sus exigencias. Y en estas circunstancias María agradece que la escuchen y que la ayuden a hacer visibles los rostros de su madre y de las demás personas desaparecidas.

No pide que el dolor desaparezca. Pide que no desaparezcan también sus nombres.

Sócrates tiene dos hijas que esperan a su padre. Nimai fue un joven que pintaba, escribía, rapeaba y quería vivir. Guadalupe era una mujer alegre que hacía planes con su familia y sus amistades. Sus historias no son intercambiables. Tampoco lo son las búsquedas que sus familias han emprendido. Las une, sin embargo, la negativa a aceptar que la ausencia sea la última palabra sobre una vida.

Las luciérnagas Buscadoras no pueden iluminar por sí solas todos los caminos. No pueden sustituir al Estado, no abren por sí mismas los lugares a los que las familias necesitan entrar y no pueden devolver el tiempo perdido. Su luz tampoco vuelve menos peligrosa la noche.

Pero cuando una se cansa, las otras siguen cerca. Cuando una familia llega sin saber qué hacer, encuentra a alguien que puede decirle por dónde empezar. Cuando una madre lleva la fotografía de su hija o de su hijo, hay otras manos dispuestas a sostenerla. Y cuando una voz se quiebra al recordar a quien falta, alguien permanece para escucharla.

La búsqueda sigue abierta. También la responsabilidad de quienes no buscan a un familiar y, aun así, pueden decidir no mirar hacia otro lado.

Guadalupe todavía tiene una casa a la que María espera verla regresar. Sócrates tiene hijas a quienes Carla quiere devolver a su padre. Nimai tiene una hermana que se niega a recordarlo como un número.

Que sus nombres permanezcan en la conversación no resuelve su ausencia. Impide, al menos, que el silencio ocupe todo el espacio.

Y obliga a mantener abierta la pregunta que recorre la historia de las Luciérnagas Buscadoras:

¿Cuánto tiempo más tendrán que hacer las familias el trabajo de buscar, mientras las instituciones que deberían acompañarlas siguen sin dar las respuestas que necesitan?

La pregunta no termina al apagar el micrófono. Ahí comienza la responsabilidad de quienes la escuchamos.

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